LA VENDIMIA ERA UN ACONTECIMIENTO

0

Loading

ÁNGEL  VICENTE  VALIENTE  SÁNCHEZ                       

            La cuadrilla  de Ángel  Candelas se componía habitualmente de unos doce o catorce vendimiadores. Pero los fines de semana se multiplicaba por dos o por tres. Entonces una multitud se extendía por los campos, mientras se oían chistes, comentarios y sonrisas. El plantío se convertía en una especie de celebración popular, un gran jolgorio donde nos olvidábamos de todo menos de disfrutar de la fiesta.

            Cuando yo era muy joven, trece o catorce años, en esa misma cuadrilla de Candelas tuve una experiencia que aún recuerdo. En uno de esos fines de semana en los que la cuadrilla era una muchedumbre, Ángel me encomendó una tarea singular. Se trataba de ir al río a coger agua con una cuba de madera que todavía tengo grabada en la memoria. Y así lo hice. Me encaminé hacia el río Guadiana con la intención de sumergir la cuba para llenarla. Creo que nos encontrábamos en la zona de Griñón. Me había alejado lo suficiente del barullo de la cuadrilla y solo se oía el silencio, aunque la expresión parezca cursi. Desde la orilla me aproximé lo suficiente para coger agua. El río era un señor río, con una profundidad que daba miedo. Un río desaparecido hoy, para nuestra desgracia. Algunos pececillos se acercaban a la superficie y entre los juncos había algo que se movía ¿Un conejo, una perdiz, un pato? Mientras sumergía la cuba, comencé a sentir un cierto recelo. Así que aceleré el proceso y salí pitando de allí.

            Lo mejor de la vendimia era la hora de comer. Después del duro trajín de la mañana acudíamos sudorosos a probar el famoso pote. Las cocineras habían abandonado la labor hacía más de dos horas. Tardaban más tiempo en preparar la lumbre que en hacer el guiso. La técnica de preparar las ramas y la hojarasca para encender el fuego tenía su misterio. No era tan sencillo. Basta con que lo intentemos para darnos cuenta de ello. El paso siguiente, como todos sabemos, era pelar las patatas. Una vez realizado este proceso, se vertía el aceite en la gran sartén. Los ajos, la cebolla, el tomate, etc..  El pote nos sabía a gloria.

            Después de la comida, un rato de asueto para tumbarse a la sombra de los árboles y contar historias. También era una buena ocasión para que los muchachos conocieran a algunas muchachas y charlaran amigablemente con ellas. Los juegos entre los vendimiadores eran más frecuentes en las quinterías. Allí sobraba tiempo para actividades no productivas.

            Por aquel tiempo se puede decir que todos los jóvenes íbamos a vendimiar. De manera que al amanecer se veía un tropel de jovencitos y jovencitas acudiendo a sus cuadrillas respectivas. Por un cierto tiempo nos olvidábamos de nuestra vida cotidiana y nos sumergíamos en las entrañas mismas de nuestro pueblo, es decir, el campo. Pues por mucho que tratemos de olvidarlo nuestro pueblo tiene un corazón campestre.

         La vendimia era dura y sacrificada; sin embargo era una especie de iniciación a la vida. Abandonábamos nuestras mullidas camas y nos preparábamos para caminar por nuestros agrestes y ásperos campos con más sueño que otra cosa. Cambiábamos los mimos de mamá por las rudas voces del capataz. Con nuestro rústico atillo y el atuendo de campaña nos embarcábamos en el tractor mientras saludábamos a nuestros compañeros y compañeras. Y allí estábamos, dispuestos a afrontar un día de trabajo rural, con entusiasmo. Éramos jóvenes, claro, valerosos y esforzados.

            El traqueteo del tractor nos indicaba que nos íbamos acercando a la finca, pero sobre todo que nos íbamos alejando de nuestras comodidades, de nuestro desayuno con leche templada y nuestras galletitas. Algunos de los compañeros de viaje nos iban introduciendo en el lenguaje más campestre, tan alejado de nuestro modo delicado de hablar. Porque llevábamos en la mente la idea de que ese no era nuestro camino. Nosotros pertenecíamos a otra realidad más cómoda y elegante. Hay una cosa que perdíamos de vista: el esfuerzo de nuestras madres para prepararnos la merienda.

            El objetivo era ganar unas pesetillas para afrontar el curso, pero no nos dábamos cuenta de que en realidad estábamos empezando a conocer las raíces de nuestro pueblo. Sí, porque este no es pueblo de pescadores ni de mineros. Ni siquiera es un pueblo industrial. Ha sido y sigue siendo un pueblo agrícola, y a mucha honra.

             Repite frecuentemente Chesterton, el gran escritor inglés, que en su tiempo era costumbre que los hombres se quitaran el sombrero al saludar a una dama. Hoy, pienso yo, deberíamos quitarnos el sombrero ante los hombres y mujeres que trabajan en el campo de nuestro pueblo.

          

Compartir.

Sobre el autor

Los comentarios estan cerrados.