¡FELIZ CUMPLEAÑOS!!

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Paki García Velasco Sánchez

Hay personas que, cuando se acerca su cumpleaños, entran en una especie de bucle y de crisis existencial, ya que se miran al espejo contando las arrugas y buscando canas donde antes no las habían, para empezar a hacerse preguntas trascendentales como: ¿En qué momento ha pasado todo este tiempo? ¿De verdad tengo esta edad? etc…

Y luego estoy yo, que espero mi cumpleaños con la misma ilusión que aquella niña de ayer hacía, aunque ahora, en lugar de pedir una muñeca, un cuento o una cocinita, me emociono si me regalan algo que no tenga que montar, planchar o guardar en un armario.

Porque una cosa es hacerse mayor y otra muy distinta es renunciar a la ilusión de ese momento, y es qué a mí, ¡que me quiten lo bailao pero que no me toquen mi cumpleaños!!

Es verdad que los años pasan ¡vaya si pasan! … un día tienes veinte y crees que la vida es eterna y al siguiente cuando alguien te pregunta la edad, necesitas unos segundos para hacer el cálculo mental de todos ellos, no porque no te acuerdes, sino porque te parece imposible que el calendario haya seguido trabajando a tus espaldas mientras tú estabas ocupada viviendo.

Y así, sin pedir permiso, vas acumulando años como quien acumula bolsas en el cajón de la cocina, hasta que llega un momento en que ya no sabes ni cuántas tienes. Yo sinceramente, entre los que la gente me pone y los que yo me quito, debo de tener más años que la lámpara de Aladino, porque lo mío ya no es cumplir años, es hacerle la competencia a los fósiles, ya os digo que, si sigo cumpliendo a este ritmo, de ahora en adelante necesitaré a los bomberos para apagar las velas de la tarta… aunque en el fondo ¿sabéis una cosa? ¡que me encanta!

Me encanta que llegue mi cumpleaños, me encanta saber que tengo un día que es mío, que hay una fecha en el calendario que me recuerda que estoy aquí, que sigo respirando, sintiendo, riendo y, de vez en cuando, diciendo alguna tontería de las que hacen historia. Me encanta esa pequeña emoción que aparece cuando se acerca el día, esa sensación de volver a ser niña por unas horas, de esperar una felicitación, una sorpresa, un abrazo o un regalo, aunque sea una caja de bombones que después me tenga que comer con moderación porque, al parecer, a ciertas edades hasta el chocolate necesita autorización médica.

Y es que los cumpleaños tienen algo mágico, de pequeños esperábamos los regalos con una impaciencia descomunal, queríamos abrir los paquetes, romper el papel y descubrir qué maravillas nos habían comprado; de mayores, seguimos esperando regalos (claro que sí), aunque ahora nuestras prioridades cambien, antes soñábamos con juguetes, ahora soñamos con que nos regalen algo bonito: un ramo de flores, un perfume o, directamente dinero… y es que una ya tiene una edad y no está para que le regalen otra figurita que tenga que limpiar cada día.

Luego y por otro lado, también están las felicitaciones de las personas que se acuerdan de ti: esas llamadas que te alegran el día, el tirón de orejas en vivo, los mensajes que llegan desde todos los rincones a través de las redes sociales etc… Y por supuesto sin olvidarnos de las que aparecen después de las doce de la noche con un “¡Felicidades! que se me había pasado”… pero que no pasa naaaada cariño, que yo también me olvido algunas veces de estas cosas, (y de otras, como las llaves, las gafas o el motivo por el que he entrado en una habitación jajaja)

Después, por otra parte, está la celebración, ese maravilloso acontecimiento en el que una reúne a la gente que quiere para tomar algo rico y soplar las velas, aunque he de decir que, llegados a cierta edad, soplarlas se convierte en una prueba de resistencia pulmonar…porque una cosa es apagar cinco velas y otra muy distinta intentar extinguir un incendio sobre la tarta.

Y, sin embargo, hay algo bonito en todo esto, y es que cumplir años también significa haber vivido, haber acumulado historias, personas, viajes, errores, aprendizajes y anécdotas que algún día contaremos por quinta vez en una comida familiar, convencidos de que nadie las ha escuchado antes. Significa conocer mejor nuestras manías, saber qué cosas merecen la pena y descubrir que la felicidad, muchas veces, consiste en algo tan poco espectacular como tener salud, estar rodeado de gente que te quiere y que nadie te moleste mientras echas una siesta.

Así que, llegados a estas alturas, lo mejor será tomárselo con humor, soplar las velas, pedir un deseo, comer tarta y disfrutar de quienes se han acordado de nosotros. Porque los años, pasan tanto si los celebramos como si no, y cumplirlos enfadados no hace que el calendario se detenga. Además, siempre podemos consolarnos pensando que, aunque nos hagamos mayores, todavía somos un poco más jóvenes comparados con alguien, basta con encontrar a esa persona y recordárselo discretamente (como yo a mi Encarni)

Y otra cosa mariposa, si al final de la celebración alguien pregunta cuántos años cumplimos, siempre podemos responder con mucha elegancia (eso sí): “los suficientes para saber lo que quiero, pero no tantos como para renunciar a la tarta”

Porque, al fin y al cabo, envejecer es inevitable, pero hacerse mayor del todo debería ser opcional. Por lo que, mientras haya una vela que soplar, un regalo que abrir y una excusa para reunir a la gente que queremos, habrá motivos para celebrar, aunque al día siguiente nos duelan las rodillas, la cabeza, el cuerpo y hasta las ganas de vivir.

Fijaros qué curioso, seguro que hay gente que llegando su cumpleaños se lamentarán y se preguntarán dónde se han quedado todos esos años, y luego habrá gente como yo que espera ese día con la misma ilusión, las mismas ganas y, me imagino, esa alegría de sentir que hoy es tu día y que la vida te ha regalado otro año para seguir dando guerra. Y eso es lo verdaderamente bonito, ya que se trata de no notar el paso del tiempo, ni de fingir que tenemos veinte años cuando la espalda nos recuerda que ya hemos pasado unas cuantas pantallas del videojuego, se trata de no perder a esa niña que llevamos dentro, la que se emociona con una tarta, disfruta de un regalo y se siente especial cuando llega su día… porque hacerse mayor es inevitable, pero perder la ilusión no debería serlo.

Por eso y sin embargo, hay algo que me niego a perder: la niña que fui, esa niña que se emocionaba con las pequeñas cosas, que esperaba los días especiales como si fueran acontecimientos extraordinarios y que encontraba motivos para sonreír donde los adultos solo veían problemas. Puede que ahora tenga más experiencia, más responsabilidades y unas cuantas arrugas de propina (también hay que decirlo), pero sigo queriendo conservar, y no perder nunca, esa capacidad de ilusionarme. Porque hacerse mayor no debería significar volverse de piedra, no tenemos que dejar de emocionarnos porque tengamos una edad, ni renunciar a celebrar las cosas bonitas porque alguien considere que ya somos demasiado mayores para esas tonterías.

Que los años pasan, sí, que nos hacemos mayores, también, pero mientras nos quede un poquito de ilusión, una pizca de humor y ganas de celebrar la vida, todavía nos queda mucho por estrenar.

Así que, siempre que podáis, soplad las velas y pedir un deseo todos los años, que envejecer es obligatorio, pero aburrirse y perder la ilusión debería ser delito, que los años nos quiten juventud si quieren, pero que no se atrevan a quitarnos las ganas de celebrar que seguimos vivos.

Y mirad, os voy a encargar tres cosas para ese día:

Primera: que miremos las velas con orgullo, ya que cada una tiene una historia detrás.

Segunda: que disfrutemos de cada felicitación, cada abrazo y cada regalo.

Tercera y la más importante: que cuando llegue el momento de soplar las velas, nos acordemos de aquella niña que fuimos y que esperaba su cumpleaños con toda la ilusión del mundo. Porque sigue ahí, porque ha vivido, ha aprendido, se habrá llevado alguna que otra desilusión, habrá llorado y habrá reído, pero sigue teniendo ganas de celebrar, y eso es lo bonito y lo que cuenta. Porque, y que quede claro, no estamos cumpliendo años, estamos renovando nuestra suscripción a la vida, y encima sin permanencia.

Ah, y cuando alguien nos pregunte por qué nos gusta cumplir años, ya sabéis la respuesta: Porque si no cumpliésemos años, sería una señal de que estábamos muertos… ¡já, que se atreva alguien a llevarnos la contraria!

Y es que la edad es solo un número, la ilusión es lo que nos mantiene jóvenes y lo verdaderamente bonito de un cumpleaños, es poder mirar a tu alrededor y ver sentadas contigo a las personas que forman parte de tu vida, porque no estás celebrando solamente el día en que naciste, estás celebrando todas las personas, las historias y los momentos que han hecho que tu vida merezca la pena.

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