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Ángel Vicente Valiente Sánchez
Aquel día, el 3 de abril de 1979, fue importante. Se realizaron las primeras elecciones municipales de la España democrática. Amaneció con frío y un poco nublado. Parecía que esto iba a ser un inconveniente para los votantes, que habían acudido a las urnas recientemente para elegir diputados y senadores. Pero no fue así. El pueblo se volcó para participar en una nueva aventura.
Se escuchaba en la radio la famosa canción Habla, pueblo del grupo Vino Tinto. Esta canción, que se había compuesto en 1976 con vistas a las elecciones nacionales, también se utilizó para este acontecimiento. Por todas partes sonaba la canción Libertad sin ira del grupo Jarcha. Eran tiempos de cambio y la población española era muy consciente de ello. Comenzaba una nueva era en la vida española.

Ser alcalde de una población española, grande, pequeña o mediana, tiene algunas características que deseo comentar; desde mi punto de vista, claro. No trataré de relatar o describir las competencias que la ley les otorga en la democracia o en el franquismo. Eso se puede encontrar en la prensa o en los libros de historia. Y además hay muchas personas que lo pueden explicar mucho mejor que yo. Se trata más bien de reflexionar sobre ciertos rasgos comunes a todos los alcaldes. Empecemos, pues.
La primera característica de ser alcalde es, a mi modo de ver, el gran prestigio social que representa. No solo porque conlleva la representación de esa población, sino porque supone un grado no pequeño de confianza de los ciudadanos. En efecto, la representación de una población es un privilegio notable. En todos los actos públicos, el alcalde simboliza a esa determinada población que lo ha elegido. Normalmente el alcalde en cuestión es consciente de este hecho. Lo que no debe ser tan sencillo de llevar encima. Porque esta sensación conlleva un gran privilegio y al mismo tiempo una grave responsabilidad.
En conexión con este privilegio se destaca necesariamente el sentido político del deber de gestionar con honradez y justicia los medios económicos, sociales y culturales de los que dispone el Ayuntamiento. Este compromiso que en teoría parece fácil de cumplir, en la práctica es un verdadero tormento para cualquier gestor de los bienes públicos. Aparecen en delicado equilibrio los gastos necesarios y los convenientes; las labores imprescindibles y las aconsejables; los proyectos útiles y los recomendables. No todo lo recomendable es conveniente; ni todo lo aconsejable es imprescindible. Y sobre todo, lo que sucede con frecuencia, lo más recomendable no siempre es posible por falta de recursos económicos. Conjugar y resolver todos estos elementos en tensión forma parte esencial de la misión del alcalde. Naturalmente no todo se reduce a cuestiones económicas, pero sin resolver estas no se puede gestionar debidamente la vida del municipio.

Otra de las características es que el alcalde representa también la administración del Estado. Es decir, debe cumplir y hacer cumplir las leyes referidas a la vida civil en el municipio. En definitiva, debe intentar conseguir que la convivencia social se desarrolle con cordialidad y respeto; no solo por el empleo de la fuerza, sino sobre todo por la concienciación de los ciudadanos, que es con mucho lo más difícil de conseguir. No se trata de que los ciudadanos colaboren con el alcalde, sino de que colaboren con el conjunto de los ciudadanos para beneficio de todos.

En la vida democrática hay que contar con la diversidad de partidos políticos que forman parte de la corporación municipal. Imagino que no será fácil gobernar el consistorio si no hay una verdadera voluntad común de poner los esfuerzos de todos con vistas al bien de la localidad, más allá de las siglas de los partidos.
Desde los tiempos más antiguos se han realizado discursos y proclamas para convencer a los ciudadanos de determinados objetivos. No podemos pedir a los alcaldes que hablen como Cicerón o Pericles. Esto habitualmente está por encima de sus posibilidades, sobre todo porque ya se han perdido las verdaderas normas de la oratoria. Pero sí debemos pedirles que se habitúen a dirigirse a la población, y también a los otros partidos del consistorio, con un verdadero deseo de buscar la verdad y el bien común. Por encima de las habilidades retóricas. Esto que puede sonar a música angelical, debe ser constante, permanente, irrenunciable.
Somos un conjunto de ciudadanos, pero sobre todo somos una comunidad. Los alcaldes no son guías espirituales, pero deben dar ejemplo de transparencia, sensibilidad hacia los problemas de los ciudadanos y concordia; palabra esta con una tradición milenaria, que ha ido siendo poco a poco erosionada y desgastada. La concordia no es un adorno de la democracia sino su corazón.
