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Paki García Velasco Sánchez
He querido dedicar un pequeño articulo a nuestras “amigas” las moscas, (no se si habrán escrito algo ya sobre ellas), y es que, con lo cansinas que son y que están en este tiempo, las “pobres” se merecen este reconocimiento en forma de letras (nótese el sarcasmo en lo dicho).
Actualmente y a día de hoy, existen en el mundo más de 120.000 especies de moscas, divididas en varios tipos según su tamaño, hábitat o hábitos alimenticios: mosca verde o azul, mosca de los ojos rojos, mosca de los establos, mosca de la fruta o del vinagre, mosca de la humedad etc… o como en el caso que nos interesa hoy, mosca doméstica o como vulgarmente la conocemos: mosca cojonera o puta mosca.
Una mosca es un insecto del orden de los dípteros, normalmente pequeño, con dos alas funcionales, ojos enormes y una habilidad extraordinaria para aparecer justo cuando no la necesitas. Vive de cosas tan poco glamourosas como materia orgánica, restos de comida y todo aquello que nosotros preferiríamos no mencionar mientras estamos comiendo. Y por supuesto, posee ese talento innato para volar sin rumbo aparente, aterrizar donde le da la gana y perseguirte durante la mañana entera como si le debieras dinero… en resumen, es un insecto perfectamente adaptado a la naturaleza y perfectamente diseñado para sacarnos de quicio.

La mosca es, además de un ser molesto por naturaleza, una criatura de lo más peculiar, es un insecto que ha hecho de la palabra “incordiar” una auténtica forma de vida. No tiene prisa por llegar a ningún sitio, no parece tener objetivos claros y, sin embargo, siempre encuentra el momento exacto para meterse donde no la llaman. Su gran talento consiste en aparecer justo cuando estás tranquilo y convertir tus momentos de paz en una persecución policial. Es en definitiva un ser diminuto, aparentemente insignificante y perfectamente diseñado para tocar las narices, o los bemoles, según se tercie.
Y toda esta explicación viene a que, estando hoy tranquilamente tomando un café con Pepe, hemos tenido a una de las susodichas alrededor nuestro, bueno, alrededor, encima, pegada etc… y es que la pobre debía tener tal aburrimiento con su vida, que no ha tenido otra cosa mejor que hacer en ese rato, que dar por saco tó lo que ha podido y más.
Esta era una de esas conversaciones en las que uno pretende estar sentado, hablar de la vida y tomarse el café sin mayores complicaciones, pero no, allí estaba ella, la mosca más porculera que te puedas encontrar. Una sola, en principio es suficiente para convertir un café en una prueba de resistencia. La teníamos al lado, encima de la mesa, alrededor de la cabeza, pasando por delante de la cara y, cuando podía, aterrizando directamente sobre nosotros. Y nosotros venga espantarla, un manotazo por aquí, otro por allá, movimientos de cabeza, soplidos, vamos, una clase de zumba en versión sentados en una silla… Pero nada, la condená erre que erre volvía a la carga, se iba dos segundos pa disimular y volvía con más ganas, como si tuviera algo personal contra nosotros. Ha llegado un momento en que ya ni hablábamos, estábamos los dos más pendientes de la mosca que de la chachara, vamos, como esperando el siguiente ataque. Y así hemos estado, el café en una mano y la otra preparada para repartir manotazos al aire. Pero, en fin, es lo que hay en este tiempo.

Y es que hay épocas del año en las que uno espera ciertas cosas: en invierno, por ejemplo, esperas frío, bufanda y esa sensación maravillosa de no querer salir de casa, en primavera, flores, alergia y gente diciendo que qué bonito está todo mientras estornuda veinte veces seguidas; en verano, calor, terrazas y la necesidad constante de preguntarte por qué demonios no naciste en un país donde haga quince grados todo el año… y luego está esta época, porque es llegar este tiempo y las moscas deciden que la convivencia pacífica entre especies ha terminado… no sé qué les pasa, si celebran alguna especie de ritual o si simplemente se levantan por la mañana y piensan: “hoy voy a ser insoportable”…. Y de golpe te aparecen todas como si hubieran recibido un mensaje grupal de WhatsApp para hacer una kedada alrededor tuyo.
La cuestión no es que haya moscas, no, eso lo podemos aceptar, las moscas existen y por desgracia forman parte del ecosistema. Hasta ahí todo bien, el problema es cuando traspasan los límites y no se conforman con estar por ahí haciendo sus cosas de mosca, no, ahora necesitan participar activamente en tu vida y si les tocas mucho la moral, encima regresan con refuerzos.
Porque una mosca sola ya es molesta, pero dos moscas son una reunión, tres son multitud y a partir de cinco es ya un congreso en toda regla.
Lo peor es que tienen un talento extraordinario para aparecer justo cuando estás más tranquilo y comenzar así con el acoso… porque ya puedas cerrar la puerta, te puedes cambiar de habitación, incluso irte a la otra punta de la casa, que ellas son persistentes y no te pierden el rastro, no sé cómo lo hacen, es como si tuvieran GPS o algo así. Porque una persona normal, después de que la echen de un sitio cuatro veces, entiende el mensaje, pero una mosca no, ¡que vaaaa! una mosca recibe un manotazo que casi le desmonta su genealogía y piensa: “bueno, lo he intentado y vuelvo a la carga en treinta segundos” … ¡y vaya que si vuelve!, eso es lo verdaderamente desesperante.
Es en ese momento cuando empiezas a comprender a los personajes de las películas que abandonan todo para irse a vivir a una montaña, porque quizá no están huyendo de la sociedad, no, quizá simplemente no podían más con las moscas y emigraron a un lugar sin ellas.
Porque es que ya no sabes qué hacer… cierras las ventanas, pones mosquiteras, utilizas repelentes, o recorres la casa con una zapatilla en la mano como si fueras un cazador profesional… pero nada, ellas siguen ahí, mirándote, bueno, probablemente no te miren porque son moscas y tienen ojos compuestos y todo eso, pero en ese momento te da igual, tú sabes que te están desafiando.

Y es que la mosca, ese ser diminuto y tan pesado, cuya principal misión en la vida parece consistir en tocarnos las narices, es un insecto minúsculo, sí, pero con una capacidad para hacerse notar que ya quisieran muchos. No pesa prácticamente nada, pero cuando decide instalarse alrededor de tu cabeza parece que llevas un helicóptero pegado a la oreja. Y lo peor es que no tiene ninguna prisa, puede pasarse horas intentando aterrizar sobre ti y volviendo a aparecer justo cuando creías que por fin te habías librado de ella. Una criatura pequeña, insistente y cansina, que ha conseguido convertir el simple acto de tomarnos un café, en una prueba de aguante y tolerancia.
Bueno, y hasta aquí este pequeño artículo que me ha dado por escribir y traer ante vuestros ojos sobre nuestras queridas, y cada vez menos queridas, amigas las moscas. Esos pequeños seres diminutos y pesados que, con su incansable bzzzzzz, consiguen convertir un tranquilo café, una tarde cualquiera o un simple rato de descanso en toda una prueba de paciencia… ahora solo falta que aparezca una junto a ti, porque seguro se siente aludida, mientras estás leyendo esto.
