LA GRIPE ESPAÑOLA

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José Ignacio García-Muñoz (Queche)

El 28 de junio de 1914, un joven nacionalista serbio (Gavrilo Princip) asesinó al archiduque Francisco Fernando de Austria cuando este circulaba junto con su esposa (que también murió), por la ciudad de Sarajevo desencadenando con ello la llamada Gran Guerra o Primera Guerra Mundial. Hasta que Alemania solicitó un armisticio el 11 de noviembre de 1918, se calcula que más de nueve millones de combatientes, y siete millones de civiles perdieron la vida; algo así como el 1% de la población mundial, una cifra impresionante, pero no solo la guerra fue la causante directamente de tamaño desastre, hubo un tercer agente con el que no se contaba pero que indirectamente contribuyó a aumentar la cifra entre 25 y 50 millones en todo el mundo, si bien estimaciones más recientes elevan esa cifra hasta los 100 millones, considerando que muchos países no disponían de medios fiables para la contabilización de víctimas.

Pero ¿quién fue ese tercer elemento que tan trágico resultó? ¿Quién o qué, pudo desencadenar semejante desastre?

Todo empezó en un campamento militar del estado de Kansas. La situación en el frente daba ventaja a Alemania y a sus aliados, por lo que se decidió enviar por parte de Estados Unidos un contingente de cuatro millones de soldados. Durante el periodo de instrucción previo, en una de las compañías, fueron dados de baja un cocinero, un cabo y un sargento a los que se les diagnosticó un proceso de gripe del que parecieron recuperarse, pero la epidemia ya había comenzado. Pronto, ese contingente de soldados entre los que había numerosos contagiados, embarcaron desde los puertos de Nueva York, Philadelphia y Boston con destino a Europa desembarcando en Liverpool, Brest y Burdeos. Los contagiados que viajaban en esos barcos, transmitieron la gripe todavía leve a cuantos se cruzaron con ellos entre abrazos y apretones de mano. Posteriormente, y con el traslado por ferrocarril de las tropas a diferentes lugares del frente se terminó de completar el despropósito.

En 1918, después de cuatro años de lucha, en los que el Káiser había hecho prisioneros, se rompe el frente, pero misteriosamente sus tropas empiezan a caer con una fiebre de tres días que ellos bautizaron como de Flandes: el contacto con el enemigo había desatado los contagios ya que el virus no entiende de uniformes. Como consecuencia de la rotura del frente, el trasiego de soldados tiene que aumentar y por tanto, las posibilidades de contagio y extensión del virus; los dos bandos están contagiados.

La censura militar silencia la noticia para no dar información al enemigo, pero los contagios se contaban por miles y las muertes también, como queda reflejado en numerosos documentos entre ellos los cuadernos de bitácora de los buques de transporte donde se consignan fallecimientos cada hora, pero nadie reconocía que lo que en un principio era una epidemia negada por las autoridades, se estaba convirtiendo en una pandemia.

A España, llegó por temporeros del sur de Francia, y en pocos días, al igual que en el país vecino el 70% de la población estaba afectada. Y aquí, es donde la historia nos adjudica injustamente el origen de la enfermedad al llamarla Gripe Española, ya que al ser España un país neutral, no impuso ninguna censura sobre la información de la propagación de la enfermedad en nuestro territorio con lo que aquellos países que no sabían de ella la empezaron a llamar así: Gripe Española. Tal fue la censura en los países implicados en la guerra, que en Francia la llamaron “Enfermedad Onze” hasta que empezaron a aplicarle la denominación de “española”

Hubo lugares como en los submarinos, que la mitad de las tripulaciones estaban de baja. El 10% de los marineros ingleses también, y los ejércitos se convirtieron en grupos de contagiados gigantescos cayendo unidades enteras en 48 horas.

Los heridos repatriados del frente, llevaban la enfermedad con ellos, y entre la población civil las bajas eran numerosas ya que el virus había mutado a una forma mucho más agresiva.

Los grandes expertos mundiales aconsejaron medida a las que el Covid nos ha tenido acostumbrados tales como, la mascarilla, la distancia y el lavado de manos.

En Hamburgo, Berlín y Manhein aparecen los primeros casos mortales al mezclarse la población muy debilitada, con los soldados repatriados.

Llegado el verano, la epidemia remite, la gente se confía y los traslados en transportes colectivos desencadenan una segunda oleada más letal que la primera, pero la prioridad sigue siendo la guerra y las autoridades justifican el contagio en pos de la victoria. Los viajes transportando material se convierten en autopistas para el virus, que llega a África en los viajes en busca de materias primas. En menos de un año mueren 2,5 millones de africanos.500.000 en Nigeria donde los afectados huían a sus aldeas para ser curados llevando consigo la enfermedad. En Suráfrica, la población negra culpa a los blancos por la enfermedad y estos a su vez a los negros creando desconfianza y promulgándose leyes que llevaran al Apartheid. El caso es, que a través del ferrocarril construido por los colonos europeos el virus viaja por todo el continente. En Europa grandes personalidades como el primer ministro británico David Joy George, el presidente americano Wilson, Delano Roosvelt.Frederik Grant o el mismo Alfonso XIII se contagian. En Alaska la población esquimal también sucumbe favorecido por sus costumbres de compartir estancias para dormir o la vida tribal. Incluso a las islas del Pacífico Fidji llegó a bordo de cargueros y buques de transporte cayendo como chinches sus pobladores que se exponían por primera vez a un virus en su condición de “aislados” para el que no tenían anticuerpos. Con este panorama, en septiembre de 2018, en el frente mataba por igual la metralla que el virus. Se cree por parte de algunos autores, que la morbilidad llegó hasta el 50% de la población mundial, pero poblaciones indígenas del Ártico o del Pacífico llegaron a perder según autores hasta el 90% de su población. Alemania pidió el armisticio en noviembre de 1918, y en 1919 firmó el Tratado de Versalles, pero la pandemia continuó hasta 1922 y lo mismo que vino, misteriosamente se fue diluyendo.

Como vemos, lo de bautizar la pandemia como Gripe Española, es una injusticia como tantas otras que se nos achacan, y que está por reparar; debería llamarse Gripe de Kansas digo yo. Lo de ocultar pandemias a la población no es una cosa del pasado como recientemente hemos podido comprobar, pero ya se sabe que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra… o tres, o cuatro.

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