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ÁNGEL VICENTE VALIENTE SÁNCHEZ
Fotografías: Beatriz García
En una de las esquinas de la calle Nueva con la calle Jabonería había una bombilla, solo una bombilla, que iluminaba esa encrucijada. Lo recuerdo perfectamente y con asombro. Así que la noche era más oscura por allí. Claro que la gente se refugiaba en sus casas al anochecer. Pocas personas continuaban transitando por las calles cuando llegaba la noche. Quizás algunos novios que cortejaban a sus novias; siempre que las novias accedieran a salir a la calle, con el beneplácito de sus padres. Eran otros tiempos.
Al amanecer se escuchaba a los agricultores ir a su labor. Muchos de ellos con el carro y las mulas. Otros empezaban a usar el tractor, un artefacto extraño y ruidoso, que llenaba la calle de humo. Algunos de los daimieleños más pudientes comenzaban a utilizar el coche: el Seat 600, el 850, etc. El coche era un elemento de distinción. Todos queríamos tener uno. Y también una tele. Por aquel tiempo la calle Nueva era de doble dirección, pero como había pocos vehículos esto no suponía un gran problema. Después, con el aumento del tráfico, sí se convirtió en un problema.
De vez en cuando también el mielero anunciaba su llegada extendiendo sus voces calle arriba y calle abajo. El soldador de sartenes y utensilios de cocina, así como el afilador acompañaban con sus ruidos el despertar de la calle. Algunos niños iban al colegio llorando. Siempre hay algunos niños que van al colegio de muy mala gana. Recuerdo mi cartera, mis libros y mi estuche con los colores. Yo era muy feliz acudiendo a la escuela. Y mucho más feliz regresando a mi bendita casa, donde me esperaban mis benditos padres.
Enfrente de mi casa construyeron un bloque de pisos, uno de los primeros de Daimiel. Lo recuerdo muy bien porque yo observaba a los albañiles colocar sus andamios y trabajar en la obra con sus espuertas y sus utensilios dando voces o canturreando alguna melodía de la época. Me parecía un espectáculo magnífico y me divertía contemplándolo mientras me comía mi pan con chocolate, sentado en la puerta. Esa idea de construir un edificio quedó grabado en mi mente para siempre.
En ese bloque apareció después como por arte de magia el estanco de la Juliana. En el dintel de la puerta había una expresión extraña: Expendeduría Nº 3. Una de esas palabras que están rondando por tu cabeza toda una vida sin saber a ciencia cierta qué demonios significa. La Juliana era una mujer bondadosa, amable, comprensiva y extremadamente trabajadora. Si hay un cielo, allí estará ella, en su expendeduría celestial, vendiendo tabaco a los ángeles y extendiendo su sonrisa por donde quiera que se desplace. Era una de esas personas que humanizan las calles, las casas y los barrios, contagiando a todos con su espíritu generoso. La recuerdo con mucho cariño y admiración.

En la calle Nueva había dos carpinterías: la de Miguel, mi vecino de enfrente, y la de Juan, que estaba al final de la calle, cerca de la calle Manzanares. En aquellos tiempos los carpinteros eran verdaderamente artesanos. De hecho, muy buenos y delicados artesanos. Trabajando mucho y bien conseguían sustentar a sus familias. Elaboraban puertas, ventanas, estanterías, armarios, etc. Todo ello de muy buena factura y aspecto elegante. Eran los continuadores de una tradición milenaria, que hoy desgraciadamente está en decadencia, si es que no se ha perdido del todo.
Había dos tiendas de comestibles, la de la Eli y la de Apolonio. La tienda de Apolonio era un lugar maravilloso. Recuerdo el olor a pan recién hecho, las estanterías repletas de productos envasados, el papel de estraza, los sacos de lentejas, judías y patatas. Eran especialmente significativas, al menos así me lo parece a mí, las sardinas de cuba, es decir, curadas en salazón. Apolonio tenía una voz rotunda y un temperamento amable y sincero. Tras un pequeño mostrador nos recibía siempre con una sonrisa. A veces preparaba bocadillos para los jóvenes, los trabajadores o los niños. Apolonio había nacido para ser tendero, un tendero excelente y generoso. También él estará, junto a su esposa Victoriana, en el cielo tras su mostrador, vendiendo pan a los bienaventurados o haciendo bocadillos a los serafines.
Cuando llegaban las ferias ondeaban banderas de diferentes países en las portadas de Los Pinos. Entonces, sin saber muy bien por qué, aumentaba desmesuradamente el tráfico y también los problemas de aparcamiento. Esta calle era (y sigue siendo) uno de los nervios esenciales del pueblo.
La calle Nueva era una efusión de hermosa convivencia entre los vecinos, que se saludaban, se detenían a charlar y se ayudaban unos a otros. Con espíritu generoso dieron vida a un espacio nuevo.

