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José Ignacio García Muñoz (Queche)
No me refiero a casos puntuales, a los que se dan de forma esporádica, aislada, o sin voluntad expresa de hacerlo ya que un despiste lo tiene cualquiera, sino a aquellos que de forma continuada, deliberada, e incluso alevosa, llevan a cabo comportamientos como los que a continuación me dispongo a exponer, y que tienen en común un desprecio absoluto e íntimo hacia los demás. Pareciera que son los únicos sobre la faz de la tierra, y que sus actitudes y sus acciones no tienen repercusión en el resto de mortales con los que comparten tiempo y espacio. En definitiva, son su forma de ser y de estar en el mundo.
El tráfico rodado es uno de esos ámbitos donde mejor se expresan, pasando de ser irrespetuosos, a groseros, intolerantes, arrogantes, egoístas, faltones e incluso violentos… Vamos, unos auténticos energúmenos.
Se acaba de poner el semáforo en verde, cuando no han pasado ni dos segundos hasta que escuchamos al cagaprisas de turno accionar el claxon. No es un toquecito suave no, es una pitada que suena a algo así como: ¡Venga coño no ves que está en verde!
Estas personas imagino, deben ir siempre con el hocico del perro asomando por el culo, y tienen una necesidad imperiosa de vaciar la hormigonera no se vayan a cagar en su utilitario tuneao. Y es que cuando la necesidad “aprieta”, se sienten autorizados a ir a espolillo, a to lo que dé el aborto de Ferrari, y avasallando a cuantos se encuentren por delante
Probablemente sean los mismos que cambian de carril solo por la autoridad que les confieren sus santos cojones. En su mente, basta un toque al mando que acciona el intermitente para sentirse legitimados a cambiar de carril de inmediato.
¿Pues no ves que le he dado al intermitente? suelen decir en su descargo.
Claro que sí, pero es que si yo no freno arrugamos el remolque so mochuelo ¡no ves que no cabemos! Dicen que el saber no ocupa lugar, pero un tonto subido en un coche sí que ocupa lugar sí.

Vamos ahora a cambiar de escenario. Vamos a situarnos en hora punta en nuestro supermercado habitual con el carro lleno, y aguardando pacientemente a que llegue nuestro turno para depositar en la cinta la mercancía adquirida.
La verdad es que ahí bajamos un poco la guardia sopesando si incluir de última hora en nuestra cesta, una de esas cajas con palmeras de chocolate que tienen más peligro que Urtasun presidiendo una corrida de toros, y que tan hábilmente colocan al final para hacernos caer en la tentación.

En esas estamos digo, cuando por megafonía se anuncia: <<Estimados clientes se va a abrir una nueva caja, tengan la bondad de pasar por orden. Gracias>>
¿Por orden?…mis cojones.En dos segundos se ha organizado el Gran Premio de Mercamona, y personas que un instante antes parecían inofensivas, accionan el DRS de su carro y te meten rueda contra el mueble de los congelados, o contra la chicane de los aperitivos con tal de ganar la “pole position” en la caja recién abierta. Creo que algunos jefes de equipo de la F1 estudian sus tácticas aquí, y hasta el mismísimo Antonio Lobato lloraría de emoción ante semejante espectáculo.
Cambiemos ahora de tercio a sabiendas que es un asunto desagradable… me refiero a la utilización de los aseos públicos.
Cualquier inodoro estándar tiene un espacio interior de unos 32 cm, suficientes para albergar un objeto voluminoso como la cabeza de Oscar López por ejemplo. ¿Cómo es entonces posible, que una parte importante procedente del metabolismo renal vaya a terminar en los alrededores del inodoro y en la tapa que lo cubre? Salvo que te dé por estornudar mientras sostienes la manguerilla no deberías fallar.

Creo que sería una buena idea (al menos para los varones que en estas circunstancias somos un tanto aficionados a acertarle con el chorrillo a cualquier cosa adherida a la loza, sea esta un resto de mierda seca, una de las burbujillas que se forman con la micción, o cualquier otra cosa que llame la atención de nuestro cerebro masculino) sería buena idea digo, dibujar una pequeña diana en el centro de la taza para estimular la puntería, y que en caso de acertar y como recompensa, sonase por la megafonía del retrete el pasodoble “Marcial tu eres el más grande”.
También habría que colocar utilizando la psicología inversa, un cartel en lugar visible con la siguiente leyenda:

<Prohibido arrojar papeles dentro de la papelera> para así provocar la reacción contraria, tal es la naturaleza del ser humano. Bien es sabido, que el papel higiénico de estos lugares cuando lo hay, es más fino que el pellejo de una mierda, y que si lo arrojamos con descuido, puede quedar flotando en el aire al albur de cualquier corriente de aire con lo que eso supone de incierto para su destino final, pero no es menos cierto, que cuando ha sido utilizado convenientemente, adquiere un cierto peso gracias a la zurraspa adherida que hace mucho más preciso su enceste en el lugar destinado a ello sin necesidad de militar en la NBA.

Cambiamos de tercio:
Especial atención me merecen aquellos que adquieren una entrada de butaca en un concierto musical, y luego se lo pasan de pie y agitando los brazos al aire con los dedos índices hacia arriba. ¡Pero por qué no te compras una entrada de pista y ahí bailas todo lo que quieras! No he pagado por ver tu culo balancearse de un lado al otro en el escaso espacio que hay entre butacas mientras sostienes un vaso de cerveza en lo alto.
Quiero ver a los artistas: cómo cambian de instrumento según los temas, la tonalidad que usan en las canciones, y cómo interactúan entre ellos y con el público. Quiero ver su expresión, su vestuario, y la puesta en escena, algo que no podré hacer si te levantas y sacudes los brazos a diestra y siniestra tapando la visión de los que están detrás, aunque lo cierto es que todo puede ir a peor si te toca al lado el/la fan que se sabe todas las canciones y las canta a voz en cuello junto a tu oído… entonces ya no ves ni escuchas. Si voy al concierto soy tan entusiasta como tú, pero respeto a los demás que no tienen por qué aguantar mis berridos, ni mi baile. De todas formas, esto en la ópera, en los toros, o en el flamenco no pasa.

Este de ahora ya es un clásico: me refiero al vecino amante del bricolaje que a las tres de la tarde decide hacer el enésimo agujero en algún lugar de su casa que todavía no esté agujereado. No me refiero a una obra de reforma que en mayor o menor medida todos acometemos tarde o temprano, me refiero a ese taladro que te sobresalta. Son apenas treinta segundos, tal vez unos minutos, pero te han (perdón por la expresión) jodido la siesta, la concentración en el estudio y todo lo jodible. Yo tengo un vecino arriba, que debe tener una tablilla para cuando se aburre hacerle agujeros. El día tiene 24 horas ¡hombre no escojas las más intempestivas! Y sobre todo, no lo tomes por costumbre.
Cuentan que un día, paseaba el inmortal Platón por un mercadillo de su Atenas natal con una sonrisa en su cara mientras contemplaba extasiado el batiburrillo de mercancías que por doquier invadían el espacio disponible. Entonces, uno de sus discípulos se acercó al gran filósofo y le preguntó:
Maestro ¿por qué esa sonrisa?
Quedó mirando unos instantes en silencio alrededor suyo, y finalmente exclamó:
¡Cuántas cosas que no necesito!
Viene esta historia a cuento de los autores de ese sembrao urbano que adorna nuestras calles y seguro que saben ustedes de quien les hablo. Son aquellos que piensan que por dejar una plancha vieja al lado de los contenedores de uso común, alguien vendrá, y se la llevará confundida con el resto de basura sin darse cuenta. Son los que además de ser unos incívicos te toman por gilipollas.

El siguiente en la lista es más flojo que un puñado de pelusa, un perraco que por no ir un poco más allá, deposita la basura en el contenedor que le pilla más a mano, y todo por no recorrer los escasos metros que le separan del contenedor adecuado.
El pájaro en cuestión, es capaz de dejar una silla desvencijada al lado del contenedor de papel, meter por la tronera del vidrio unas latas de cerveza, o dejar una televisión vieja al lado del contenedor de basura orgánica. Hombre, ya sabemos que en muchas ocasiones la programación de tv es una basura, pero de ahí, a tirar el aparato en un alcorque … Probablemente sea el mismo que por no amagarse para recoger la mierda del perro, la deja allí pensando que le servirá de abono a la acera.
No son pocas las veces que hay más basura alrededor de estos contenedores que dentro, un auténtico mercadillo de objetos varios que harían las delicias del mismísimo Diógenes.
Seguro que ustedes queridos lectores, tienen su particular catálogo de hechos y personajes que cabrían perfectamente en este artículo que, además de denunciar, solo pretende entretener un rato mientras pasamos estos calores que el Señor nos manda
En fin, que no tenemos remedio ¡Y a ver qué hacemos! ¡Y sin solución!
