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Paki García Velasco Sánchez
Hay despedidas que llegan en silencio y otras que dejan un hueco difícil de llenar, y la del programa “Sábado Activo” de Radio Daimiel, pertenece, sin duda, a las segundas. Y es que tras quince años poniéndole voz a nuestros sábados, acompañando a vecinos, familias y amigos, ha llegado el momento de apagar el micrófono por última vez poniendo punto final a una aventura que ha formado parte de la vida cotidiana de nuestro pueblo.
Porque durante tres lustros, sábado tras sábado, este espacio radiofónico se convirtió en mucho más que un programa, fue una cita fija para quienes querían pasar un buen rato, para quienes preparaban las tareas de casa con la radio de fondo, para quienes trabajaban y encontraban compañía en las ondas, y también para quienes, estando lejos de Daimiel, buscaban una manera de sentirse un poco más cerca de sus raíces.

Quince años dan para mucho, dan para cientos de emisiones, miles de canciones, incontables saludos y dedicatorias, muchas anécdotas, risas y también, como no, momentos de emoción. Dan para crear una pequeña gran familia formada por oyentes de todas las edades, unidos por algo tan sencillo y tan poderoso como la voz que cada sábado nos daba los buenos días y durante tres horas nos mantenía pegados minuto tras minuto a la emisora.
Porque si algo ha caracterizado a este programa ha sido precisamente eso, su cercanía. Nunca fue un espacio distante ni frío, al contrario. era como entrar en una casa amiga, sentarse a tomar un café y ponerse al día de todo lo que ocurría en el pueblo.
Y ese gran mérito tiene nombre propio: Raul Astillero Molina.

Durante estos quince años, él ha sido el alma del programa, un alma cercana, amable, siempre dispuesto a escuchar con una habilidad especial, para conectar con la gente. Conocía a medio pueblo por su nombre y a la otra mitad por alguna historia que había escuchado o contado alguna vez en antena. Sabía quién celebraba un cumpleaños, quién estaba pasando por un momento difícil, quién acababa de ser abuelo o quién regresaba al pueblo después de mucho tiempo fuera. Gracias a esa forma tan humana de hacer radio, consiguió algo que no es sencillo, que cada oyente sintiera que el programa también era un poco suyo.
A lo largo de estos años, el calendario estuvo marcado por emisiones especiales que muchos esperaban con ilusión, tal como la llegada del Día de la Madre. En ese día las ondas se llenaban de mensajes cargados de cariño de hijos e hijas que dedicaban canciones a esas mujeres que tanto habían dado por sus familias, y más de una lágrima se escapaba al escuchar palabras que a veces cuesta decir cara a cara.

La Navidad era otra de las fechas señaladas, ya que el estudio de radio se impregnaba de ese espíritu navideño que tanto nos gusta y el programa se convertía en un punto de encuentro para quienes querían felicitar las fiestas a familiares y amigos, y en donde sonaban villancicos, recuerdos de otras épocas y mensajes llenos de buenos deseos, (para muchas personas que viven fuera, escuchar aquellas emisiones era como regresar por un rato a casa).Tampoco faltaban los especiales de Halloween, donde el locutor daba rienda suelta a su lado más divertido con esas historias misteriosas y alguna que otra broma, las cuales conseguían arrancar sonrisas a los oyentes e invitados.
Y así ocurría con tantas otras fechas importantes como era el día del Padre, las vacaciones de verano, las comuniones o cualquier acontecimiento que mereciera una atención especial. Cada celebración tenía su lugar en el programa y cada una se convertía en un programa especial.

Pero si hay algo que definió realmente este espacio fueron las dedicatorias, ¡las dedicatorias eran el corazón del alma!! Resultaría difícil calcular cuántas canciones se habrán dedicado durante estos quince años, seguro que han sido miles: canciones para enamorados, para amigos, para padres, madres, hijos y abuelos…canciones para felicitar cumpleaños, aniversarios o nacimientos, o sencillamente canciones para animar a quien atravesaba una mala racha y también para recordar a quienes ya no estaban. ¡Cada mensaje contaba una pequeña historia, cada canción llevaba detrás un sentimiento!.
Especialmente emotivos eran los mensajes dirigidos a quienes vivían fuera de la población, vecinos que por trabajo, estudios o circunstancias de la vida tuvieron que marcharse de aquí, pero que nunca perdieron ese vínculo con su tierra, para ellos, el programa era una ventana abierta a sus orígenes. Y es que, aquellas palabras viajaban de un lugar a otro uniendo distancias y demostrando que a veces, una simple emisión de radio puede hacer sentir a alguien mucho más cerca de casa.

También fueron habituales los saludos para quienes estaban trabajando, para los enfermos que escuchaban desde sus hogares o para las personas mayores que encontraban en la radio una fiel compañera, porque el programa siempre tuvo espacio para todos.
Y es que no desaparece únicamente un programa de radio, ¡no!, se marcha una costumbre, una compañía, una voz familiar que durante quince años ha estado presente en innumerables hogares. Para el recuerdo quedan las mañanas de sábado amenizadas con música y conversaciones, quedan las emociones de las dedicatorias inesperadas, quedan las risas, las anécdotas y esa manera tan cercana de hacer radio que convirtió cada emisión en algo único… pero, sobre todo, queda el legado de un locutor que entendió perfectamente cuál era la verdadera esencia de la radio local… ¡estar cerca de las personas!!.

Durante este tiempo no solo informó o entretuvo, también escuchó, acompañó y se crearon vínculos. Fue la voz de muchos vecinos y, en cierto modo, también una parte de la memoria colectiva de nuestro pueblo.
Un locutor cualquiera pone canciones, lee noticias y presenta contenidos. Pero alguien que solía definirse con humor como un poco “marujo” y que lleva quince años preguntando: qué hay para comer el sábado, quién tiene invitados en casa o que planes tienes para el finde, acaba formando parte de la rutina de la gente. Acabó convirtiéndose casi en ese vecino con el que te cruzas cada mañana, alguien que siempre tiene una palabra amable o una pregunta que hacer. Quizá por eso logró que tantos oyentes sintieran que hablaban con un amigo, más que con un locutor.
No lo hacía por curiosidad vacía, sino porque entendía que detrás de cada vecino había una historia que merecía ser escuchada. Quizá por eso su despedida resulta tan especial, y es que la importancia de un programa no se mide por el ruido que hace cuando llega, sino por el silencio que deja cuando se va.
Pocos pueden presumir de haber acompañado durante quince años a varias generaciones de vecinos. Hubo niños (que hoy ya son adultos), que crecieron escuchándole en casa de sus padres. Hubo mayores que hicieron de su voz una compañía inseparable cada sábado por la mañana. Para todos ellos siempre tenía una palabra amable, un saludo o un comentario que les hacía sentir especiales.

Con los mayores encontraba recuerdos y conversaciones pausadas, compartía el día a día del pueblo; con los más jóvenes, en cambio, nunca faltaba una broma, un saludo o unas palabras de ánimo… todos sentían que, al otro lado de la radio, había un espacio reservado para ellos.
Y además hay algo que muchas veces no se valora hasta que desaparece: la constancia. Quince años son muchísimos sábados, muchísimos madrugones, muchísimas horas preparando contenidos, buscando canciones, atendiendo llamadas o leyendo mensajes… en resumen, ¡estando ahí!
Durante años, seguramente muchos de vosotros encendíais la radio sin pensar demasiado en ello, era simplemente «lo de todos los sábados», pero cuando esa rutina desaparece, es cuando uno comprende lo importante que era. Y es que de repente, llega el sábado por la mañana y nos falta algo. No era solo un programa, era una voz familiar, una costumbre compartida, una compañía.
También es verdad que hay finales que están llenos de gratitud. Tristeza, sí, porque se cierra una etapa muy bonita, pero también agradecimiento por haber podido disfrutarla durante quince años.
Al final, la radio local tiene algo que las grandes cadenas difícilmente pueden conseguir, y es que no habla para miles o millones de personas anónimas, habla para vecinos, para amigos, para gente que comparte calles, recuerdos y vivencias. Y cuando quien está detrás del micrófono sabe hacerlo con cercanía y cariño, termina ocupando un pequeño espacio en la vida de cada oyente.
Hoy toca despedirse, pero las historias vividas, las canciones compartidas y el cariño sembrado durante todos estos años, permanecerán para siempre en quienes tuvieron la suerte de escucharle.
Gracias por esos quince años, gracias por cada sábado, gracias por acompañarnos en los días buenos y en los no tan buenos, gracias por cada dedicatoria, por cada sonrisa, gracias por hacer pueblo desde un micrófono… y gracias, sobre todo, por demostrar que la radio más sencilla es, muchas veces, la que llega más lejos, la que habla con el corazón.
Y aunque hoy se apaga un micrófono, ¡los sábados siempre serán activos!, porque los recuerdos de tantos momentos compartidos, se convierten ahora en el legado de una etapa inolvidable.
