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Ángel Vicente Valiente Sánchez
Una forma de pasar la tarde de los sábados o los domingos era ir a los futbolines del Moreno. Siempre íbamos en grupo. Así podíamos jugar al billar, al ping pong, al futbolín o a las máquinas tragaperras. Y después al cine. Menuda tarde.
Por la calle Fontecha se veía un tropel de chavales en dirección a los futbolines. La mayoría de nosotros nos habíamos pasado antes por el puesto del Manco para comprar chicle o regaliz. A la entrada del local se encontraban las máquinas de flipper (paletas) o pinball. Esas que tenían una bola que se deslizaba hacia abajo y tratabas de que no se colara. Eran muy divertidas. Algunas eran más fáciles de gobernar que otras. Con colores muy llamativos y dibujos sorprendentes, atraían nuestra atención durante horas. Y no nos dábamos cuenta. El tiempo no existía. Cuando menos lo esperábamos ya se había hecho de noche. Habíamos exprimido el chicle y consumido el regaliz. Una pena.
Los colores, los sonidos, la emoción de conseguir buenas puntuaciones nos cautivaban de modo solemne. Algunos chicos tenían una habilidad especial para conseguir la puntuación máxima , que conducía a una partida o dos gratis. Recuerdo que yo me empeñaba en conseguir esto, pero únicamente lo logré una o dos veces. La bola corría muy deprisa. Era necesario estar muy atento y ser ágil. Algunas máquinas eran más fáciles que otras. Pero curiosamente estas máquinas más fáciles eran pronto sustituidas por otras más difíciles. Nunca comprendí esto. O tal vez sí, pero me parecía un hecho muy sospechoso.

En una sala amplia estaban las mesas de billar francés , los futbolines y las mesas de ping pong. Una muchedumbre de muchachotes pululaba allí bajo la mirada inquisitorial del Moreno, que nos reprendía a unos y a otros en cuanto incurríamos en alguna travesura, artimaña o desmán.
El billar era una experiencia distinta. Tenía una aire palaciego o de club británico. No es un juego para niños ni mucho menos. Requiere unas habilidades notables para maniobrar con el taco y ajustar la visión y el temple con el fin de conseguir las carambolas. Por cierto, las carambolas en muchas ocasiones eran sumamente difíciles de conseguir. Requerían y requieren una sabiduría rara y sorprendente. Sin embargo, las mesas de billar siempre tenían una serie de seguidores perpetuos. En contraste con los otros juegos, el billar conseguía reunir personas de treinta y cuarenta años. Además todos ellos se movían con seriedad y delicadeza, afrontando las diversas y complejas situaciones de las bolas en una especie de desafío personal e intransferible.

En el caso de los futbolines la cosa cambiaba. Allí íbamos todas las pandillas, a probar nuestras capacidades en unas partidas memorables. Siempre eran memorables. La ventaja principal de este juego era que podíamos jugar cuatro chicos a la vez, dos contra dos. A veces se jugaba solo uno contra uno. Pero lo normal era que participaran cuatro. De modo y manera que la mayor parte del grupo de amigos estábamos ocupados. Porque , ya se sabe, gente parada malos pensamientos.
El futbolín, contrariamente a lo que se suele pensar, era un juego francamente complicado. Resultaba muy difícil evitar el gol si enfrente tenías a un jugador hábil. Y los había muy hábiles y astutos. A mí me intrigaba saber cómo evitar el gol jugando con los defensas y el portero. Conocí a un chico que era un maestro en la defensa. Ver cómo movía los defensas y el portero en una especie de danza era magistral.

Por fin, estaban las mesas de ping pong, al fondo de la sala. Este juego tan divertido, que es nada menos que un deporte olímpico, recuerdo que estaba casi siempre ocupado. Había que esperar un buen rato para poder coger una de las mesas. Allí intentábamos demostrar nuestra agilidad y destreza. Pero, claro, eso es fácil con dieciséis o diecisiete años. Ahora con sesenta y tantos nos resulta más complicado, si no imposible. Ya, como suele decirse, se nos van viendo las costuras, si es que no tenemos artrosis.
Las tardes en los futbolines del Moreno eran deliciosas. El tiempo pasaba a una velocidad de vértigo. Finalmente, sudorosos y entusiasmados nos agrupábamos para regresar cada cual a su nido. Un nido aún más prodigioso y memorable. ¡Qué felicidad!
