280 visitas, 137 visitas hoy
José Ignacio García – Muñoz (Queche)
Pórtico De San Pedro de Plácido Sánchez-Camacho
Un gran montón de hojas amarillas, marrones, rojas, y verdes, se habían refugiado en una de las esquinas del corral, hasta que el viento las levantó por los aires haciéndolas subir y bajar a su antojo formando una lluvia multicolor. Ese mismo viento jugueteaba con las contraventanas haciéndolas batir furiosamente. Los visillos agitados asomaron su blancura al exterior en un vano intento por escaparse con las hojas, pero con movimientos firmes fueron sujetadas por el abuelo que, tras haber asegurado los postigos cerraba de nuevo la ventana devolviendo el sosiego a la casa.
Con parsimonia, se asomó al espejo que había sobre el trinchero del comedor para comprobar como el viento granuja, había alborotado lo que tanto trabajo le había costado peinar.

El abuelo José andaba ya por los noventa y uno. De ojos vivos y andar resuelto, una ligera cojera hacía que se balancease levemente al caminar, hasta que un ataque de tos, compañera ya de muchos años le hacía detenerse.
Súbitamente, el llamador de la puerta de la calle atronó la casa: eran sus nietas que recién salidas de la escuela subían a saludar a su abuelo trayendo la cara arrebolada y el frio en las mejillas, ese frio de diciembre que se agarra a cualquier cosa, y que un día trabajando en el plantío se metió en los huesos de José para no volver a salir más que un poquito en verano.
Como un torbellino, entraron las niñas dejando besos, abrigos y carteras por el suelo. La abuela tenía preparada la merienda en la cocina, y allá se dirigió el abuelo tras recoger los trastos y protestar por la siembra del material escolar. Crepitaban en la chimenea un par de ceporros, y pronto el calor del fuego cambió el frio de los rostros infantiles por rosetones en las mejillas. Apaciguadas por el tazón de leche y el bocadillo, las niñas miraron al abuelo que se sentaba cerca de la lumbre, mientras detrás de él, las sombras que proyectaba el fuego jugaban a cambiar de forma en la pared .Por un momento reinó el silencio en aquella cocina, pero ambos; abuelo y abuela sabían lo que venía a continuación.
-Abuelo Pepe, hoy es viernes y nos podemos quedar hasta más tarde ¿Por qué no nos cuentas un cuento?
Con un sarmiento apartó algunas brasas, sobre las que dejó caer un puñado de castañas. Por el ventanuco se colaba una luz rojiza procedente de la panza de las nubes que el sol teñía en su caída al otro lado. Un lejano bando de grullas, cruzaba el horizonte recortando su afilada silueta sobre la Isla del Pan camino del descansadero en las tablas. Retiró el abuelo las castañas, y en pequeños montoncitos las fue repartiendo a sus nietas que por unos momentos disfrutaron del calor en las manos.

–Vale, os contaré el de las 77 amapolas.
Hace muchos, muchos años, hubo un suceso que tuvo extrañado a todo el pueblo. Resulta, que un día de invierno, cerca de la puerta de lo que hoy es la Cruz Roja, aparecieron unas amapolas.
¿Cómo es posible? se preguntaban todos, ¡ahora no es momento de amapolas! Cada uno daba su opinión, pero ninguno era capaz de explicarse cómo en pleno invierno podían florecer amapolas.
Lo más extraño, fue que al día siguiente las amapolas no estaban. <Se las habrá llevado alguien> decían unos, <se habrán helado decían otros>. El caso es, que a la caída de la tarde de ese mismo día, volvía hacia el pueblo un campesino montado en su mula, y cuando llegó a un bar que había antes en la plaza, aseguró haber visto un montoncito de amapolas en el camino cerca del Azuer, cosa que le extrañó no siendo ése tiempo de amapolas. Corrieron unos cuantos a comprobar si lo que decía aquél hombre era cierto, y efectivamente, allí estaba un grupito de amapolas puestas en fila inclinadas al viento y soportando el aire frio del atardecer.
El suceso corría de boca en boca, pero nadie acertaba a explicarse semejante fenómeno. A la mañana siguiente un grupo de gente con el maestro a la cabeza, se dirigieron al lugar donde habían visto las amapolas la tarde anterior, pero ya no estaban. De nuevo todos aventuraron una respuesta, pero ninguna resultó convincente.
–El abuelo hizo una pausa, y echó otro puñadito de castañas a la lumbre.
Vosotras sois muy pequeñas, pero hace muchos, muchos años, había un pozo cerca del pueblo que le decíamos del Trindo, a unas tres leguas de aquí. Pues bien, resulta que dos días después de haber visto las amapolas en el camino cerca del Azuer, un carretero que paró a sacar agua las volvió a ver alrededor del pozo del Trindo. Una vez más, una representación de los más sabios se desplazó al lugar para comprobarlo viendo que era cierto, pero por más que buscaban soluciones al enigma nadie era capaz de desentrañar el misterio, y así siguió sucediendo los días siguientes: las amapolas desaparecieron, y volvieron a ser vistas de nuevo en el camino del Azuer, luego a la altura de la cooperativa, y finalmente en la puerta de la Cruz Roja.
Este fenómeno se repitió en varias ocasiones más hasta que con la primavera, se confundieron con la explosión de amapolas propia de la época, pero las de la puerta de Cruz Roja seguían apareciendo por la mañana regularmente y desapareciendo durante el día para volver a aparecer por la noche. Era como un recorrido de ida y vuelta.
Un día, se hallaba observando el grupo de amapolas un anciano del lugar llamado Rufo, cuando se le acercó un joven.
_ ¿Qué hace usted ahí abuelo? Por toda respuesta el anciano contesto: setenta y siete
¿Cómo dice?
Setenta y siete, las amapolas son siempre setenta y siete. Las he contado en los lugares en que aparecen y siempre son setenta y siete ni una más ni una menos.
El joven contó curioso el número y efectivamente el abuelo tenía razón.
-Esta noche desaparecerán, pero mañana habrá setenta y siete otra vez.

A la mañana siguiente, anciano y joven quedaron citados para confirmar lo que el viejo decía, y así sucedió
Como el suceso trascendía más allá de lo explicable la gente comenzó a inquietarse y a inventar toda suerte de historias alrededor del asunto de las amapolas; unas basadas en la superstición, otras en la brujería, y las más de las veces sin ningún sentido.
Una tarde, estaba sentado Rufo descansando su barbilla en las manos que sujetaban su garrota, cuando a las ocho y treinta, vio súbitamente aparecer las amapolas. Brotaron de la nada, y tras contarlas constató de nuevo que eran setenta y siete. La noche se echó encima, y en el cielo aparecieron infinidad de estrellas que parecían asistir curiosas al nacimiento de aquellas misteriosas amapolas. Marchó el abuelo para su casa, y una vez en la cama se dio a la cavilación: el número setenta y siete debía significar algo, lo mismo que el recorrido de ida y vuelta que parecían hacer las amapolas, teniendo como partida y llegada la Cruz Roja, y como punto más lejano el pozo del Trindo, no habiendo sido vistas más allá de ese lugar.
¿Cómo seguir la pista a las amapolas cuando los campos y cunetas estuviesen repletas de ellas. Sólo dos lugares: el pozo y la puerta de Cruz Roja, daban la posibilidad de observarlas y contarlas ya que el resto del recorrido se confundirían con las que coloreaban los campos camino de Las Cruces, Molemocho, La Máquina,Navaseca, El Carrerón, o cualquiera de los caminos donde la primavera se manifestaba con todo su esplendor.
Tumbado boca arriba, pensaba el abuelo en el misterio de las amapolas cuando una corriente de aire abrió la ventana con ímpetu, se coló en la habitación, y la puerta del armario se abrió de par en par dejando a la vista el escueto ropero de Rufo, donde también, colgada de una percha protegida bajo una vieja sábana, se dejaba ver la túnica con la que los Jueves Santos procesionaba el abuelo con su hermandad del Santísimo Cristo de la Columna y Nuestra Señora de la Amargura, y que ahora, demasiado cascado de la rodilla para estar de pie tanto rato, utilizaba su hijo que vivía en Madrid. Cerró el abuelo la ventana, y dirigió un rápido vistazo a la puerta de Cruz Roja que se divisaba desde su habitación; lo que vio le dejó perplejo.
Apresuradamente se vistió, bajó a la calle a esas horas desierta, y se quedó mirando el grupo de amapolas. Como siempre eran setenta y siete, pero esta vez no eran rojas, ¡eran blancas!

Era Jueves Santo, y al medio día había quedado con su hijo que venía de Madrid para la procesión. Subió a terminar de asearse, y a desayunar, pero cuando bajó las amapolas ya no estaban. Cogió por el Paseo del Carmen, y se encontró el grupo al pie de un árbol a la altura de lo que antiguamente era el mulillar, pero las flores se habían tornado ya rojas.
Después de saludar a su hijo y a su nuera, y mientras esta preparaba la alcoba donde habrían de dormir, padre e hijo fueron donde Astilleros a proveerse de unas docenas de rosquillas y una roscautrera que tanto les gustaba. Por el camino el padre puso al hijo en antecedentes de lo que estaba pasando desde hacía un tiempo para acá.
-Yo no sé si es que ese lugar tiene algún tipo de hechizo o no sé qué puñetas, pero es que no me explico por qué salen ahí las amapolas; y para colmo, van hoy y salen blancas.
Encogiéndose de hombros el hijo no acertaba a dar a su padre una explicación, pero apuntó la posibilidad de que un viejo profesor de historia ya retirado les pudiese dar alguna información.
-Se llama Ángel, y vive ahí, detrás de la plaza
Don Ángel resultó ser un anciano de espalda encorvada y gafas a mitad de la nariz, que les invitó a pasar a una habitación cuyas paredes aparecían abarrotadas de volúmenes dispuestos en estantes, lo mismo que la mesa, las sillas, y cualquier lugar capaz de acoger un libro.
-¿No sé don Ángel si está usted al corriente de lo de las amapolas que se aparecen en la sede de Cruz Roja?
-Pues algo he oído, aunque yo no doy mucho crédito a las habladurías.
-Hombre, no sé lo que le habrán contado, pero yo le puedo asegurar que lo he visto con mis propios ojos, y no me tengo por un cuentista.
Explicó José con todo detalle sus observaciones, y como precisamente hoy que era Jueves Santo, las amapolas habían aparecido de color blanco, y como al cabo de un rato ya eran rojas otra vez.
Después de rebuscar entre aquel maremágnum de libros, Ángel extrajo de una de las estanterías un viejo libro y se lo entregó a Rufo.
-Le voy a prestar este libro en el que se habla de lo que había antes en ese lugar, que como todo lo que rodea a los Templarios siempre tiene un halo de misterio.
Al llegar a casa, mientras el hijo y su mujer visitaban a los amigos, Rufo tomo el libro prestado y pronto descubrió que en el lugar de lo que hoy es la Cruz Roja, hubo una ermita llamada de La Vera Cruz quizá de origen Templario, y posteriormente dirigida por la Orden de Calatrava. Allí también pudo constatar, que la hermandad de la Vera Cruz tenía su sede, y que el papa Pablo III les concedió bula para auto disciplinarse y así redimir sus pecados, u ofrecer sacrificio por los mismos, cosa que hacían con tanto ahínco, que la túnica con la que procesionaban se tornaba colorada por la sangre debido a los latigazos que se infligían.

También pudo leer, como en los albores de la cofradía la estación de penitencia salía desde la iglesia de la Vera Cruz, para a continuación recorrer todas las iglesias: San Antón, San Pedro, San Sebastián, y San Roque hasta Santa María, para luego volver a La Vera Cruz, y como un incendio terminó con la primitiva iglesia trasladando su sede canónica a San Pedro, donde se confunde con la fundación de la que conocemos como: Hermandad del Santísimo Cristo de la Columna y Nuestra Señora de la Amargura “Los Coloraos” allá por 1700, constituida en torno al gremio de los jornaleros, y que debe su nombre al color de la túnica que visten en alusión al colorado en que se tornaba la primitiva blanca por las razones antes expresadas.
Llegado a este punto, Rufo devoraba con avidez el libro que le prestara D Ángel, y al llegar a la siguiente página los ojos se le abrieron como platos; en un epígrafe podía leerse:
<…La cofradía se componía de 77 hermanos, sin que pudiera aumentarse este número sino por acuerdo general >.
El libró se le resbaló de las manos, y un escalofrío le recorrió la espalda. Continuó leyendo:
<La hora de salida será aquella en que, distinguir un hilo blanco de otro negro a una distancia prudencial sea imposible…>
<El recorrido saliendo de la Vera Cruz, irá hasta el pozo del Trindo para luego volver al punto de partida…>
En un suspiro, Rufo repasó la cadena de acontecimientos: Las 77 misteriosas amapolas, la aparición a las ocho y treinta de las mismas; una hora en la que distinguir un hilo blanco de otro negro se hace difícil, el cambio de color de blancas o coloradas de esa mañana, el recorrido de las amapolas hasta lo que fue el pozo del Trindo…todo concordaba con lo que estaba pasando.
Por un momento las niñas dejaron de comer castañas, y con mirada interrogante esperaron a que su abuelo continuase con el cuento, pero este con la mirada clavada en la lumbre permanecía en silencio.

-Abuelo, ¿y por qué se aparecían las amapolas? No entiendo.
Con los ojos vidriosos el abuelo respondió:
-Verás, es algo difícil de explicar si no crees en determinadas cosas. Las 77 amapolas no eran más que el espíritu de aquellos fundadores de la cofradía… pero os voy a decir más.
Con dificultad después de tanto tiempo sentado, se levantó el abuelo, se dirigió a la ventana, y abriéndola de par en par señaló hacia el cielo y les dijo:
-¿Veis todas esas estrellas que brillan ahí arriba?
Las niñas asintieron
-Pues esas estrellas son el espíritu de otros tantos que ya no están entre nosotros. La de mi padre es aquella que ves por encima de San Pedro, y la que está al lado, es la de mi madre. Más allá, están las de la tía Antonia y la de mi hermano, como algún día estarán la mía y la de la abuela. Y cuando llega la primavera, cada amapola es el espíritu de un colorao que se deja caer por aquí para ver como estamos
Un ataque de tos interrumpió la conversación, y la voz de la abuela resonó en la cocina
-¡Pero queréis cerrar la ventana! que nos vamos a quedar más tiesos que el pellejo de una pandereta. Y tú, deja de contar historias que vas a volver locas a las criaturas.
Cuando las niñas se despidieron, la más pequeña se volvió y le dijo al oído a su abuelo
-Abuelo yo si te creo, y cuando la abuela y tú seáis dos estrellas más allí arriba, yo os miraré y os mandaré una sonrisa desde aquí. Y también le podías decir al hermano mayor de los coloraos, que para el año que viene, en el paso del Santísimo Cristo de la Columna, ponga un ramo con setenta y siete amapolas como homenaje a aquellos primeros coloraos.

El abuelo sonrió, y no pudo reprimir una lágrima espesa que después de detenerse unos instantes entre los párpados, resbaló por la mejilla para terminar desapareciendo en la camisa.
Dedicado a Guadalupe, Ángela y Martina.
