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Ángel Vicente Valiente Sánchez
Gloria Merino (1930- 2025), en su cuadro La novia refleja de forma excelente los diversos aspectos de un tema universal: los últimos retoques del vestido de la novia antes de salir a la calle, camino de la iglesia. En el cuadro se describen muy bien la concentración de la modista, la contemplación extasiada de las ancianas, la aptitud meditativa de la novia, el niño inconsciente acariciando al gato, que lo mira con recelo. En el aire se respira ilusión y fantasía. La instantánea de un día lleno de vitalidad y esperanza. Todo ello iluminado por la luz de nuestra tierra, cuyos campos se vislumbran a través de la ventana.
La salida de la novia a la calle era en los años cincuenta y sesenta un acontecimiento emocionante para todo el barrio. Nada más espectacular y sorprendente. Acudían los vecinos y vecinas, niños y ancianos a ver a la novia salir de su casa. Al fin la contemplaban como una aparición de fantasía. Por un momento se olvidaban de las casas y de sus quehaceres. Embobados, emmudecidos, la veían avanzar hacia la calle majestuosamente, ejecutando una especie de danza milenaria. Admiraban su peinado, el velo, el ramo de flores y sobre todo el vestido.
En la elaboración del vestido de novia y sus complementos habían estado trabajando durante meses en alguno de los talleres de confección que había en Daimiel en aquellos años. Uno de estos talleres lo gobernaba con gran creatividad y delicadeza Lola Ayuga, que contaba con la colaboración de varias costureras, planchadoras y bordadoras. Algunas de estas jovencitas lograrían abrir después su propio taller.

Todo comenzaba el día en que la novia se presentaba en el taller, acompañada de su madre o de su hermana. Mientras la novia suspiraba con la mirada perdida, la madre o la hermana o la amiga exponían más o menos la idea que tenían del vestido. Entonces la modista tranquilizaba a la concurrencia y animosamente les exponía las diversas posibilidades. Además, los precios en aquella época no eran tan disparatados como los son hoy. Generalmente se comentaban diversos modelos que aparecían en alguna de las revistas de moda de la época. En ellas se encontraban los figurines y los patrones para elaborar el vestido. Siempre se adaptaba algún modelo a los gustos de la novia, con el fin de que su vestido tuviera un cierto toque exclusivo. Una vez acordado el modelo, se ponía en marcha el proceso. Ese mismo día se tomaban medidas a la novia, que poco a poco comenzaba a sonreír.
En la mesa de la modista, Lola Ayuga dibujaba los patrones y los cortaba a tijera sobre cartón. Todo ello se pasaba a sus colaboradoras para que el vestido se sometiera a la primera prueba. El tejido del vestido era suministrado por representantes o viajantes, que lo adquirían en fábricas catalanas o valencianas. Se realizaban tantas pruebas como fueran necesarias hasta que el vestido quedara ajustado a la figura de la novia. Estas pruebas se hacían en una habitación aparte, en la que la modista era ayudada por una de sus colaboradoras. El vestido constaba normalmente de una sola pieza, abierta por detrás y cerrada con botones, no con cremallera. También se podían añadir algunos bordados en el escote o en las mangas. Se cuenta que era tradición que algunas de las modistillas insertaran en los bajos del vestido un mechón de sus cabellos, porque eso les haría encontrar novio.

Pasaban los días y en el taller se trabajaba intensamente, mientras se escuchaban por la radio discos dedicados o radionovelas. Entre bobinas de hilo, tijeras, alfileres y agujas se iba elaborando poco a poco, con paciencia y con amor, el vestido. Durante mucho tiempo se siguieron empleando las máquinas de coser a pedal e incluso la plancha de carbón. Y así iban transcurriendo los días hasta llegar a la prueba final. El vestido iría ajustado sobre una enagua de seda o satén. El ramo de flores era generalmente de tela, excepto en las familias más pudientes, que lo encargaban o compraban en Ciudad Real o Madrid. Los zapatos se adquirían en Los Elías.
El día de la boda se desplazaba a la casa de la novia la modista, con alguna de sus colaboradoras, y la peluquera. Ese día desde muy temprano la casa estaba agitada por una febril actividad. Se dice que la novia va adelgazando a medida que se acerca la boda, por lo que en el último momento la modista tiene que hacer arreglos. Finalmente se comprueba el trabajo realizado y se desea felicidad a los novios.

Se deben mencionar también otras modistas que había en Daimiel: Encarna Núñez de Arenas (calle Primavera), Dolo García Muñoz y Damiana López Tercero (calle Manzanares). Estas creadoras de la moda se merecen un elogio por su exquisita labor y el contagio de la ilusión a las novias. En una época en que todo se desvirtúa, se relativiza y se reviste de vulgaridad debemos volver los ojos a estas maestras de la costura, que dignificaron gloriosamente en nuestro pueblo un oficio muy hermoso.
