LAS VIEJAS PAGINAS (Cuento de Navidad)

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Manuel Molina

Fueron más de cuarenta años en el mismo despacho, y a pesar de ello, jamás le pareció demasiado tiempo. Desde la ventana de su salón veía como los copos de nieve se pegaban en el cristal mientras recordaba los centenares de rostros que habían pasado por la empresa. Multitud de compañeros que se llevaba en la bolsa de su memoria y de los cuales, siempre había aprendido algo nuevo. Le inculcaron lecciones como el afán por crecer profesionalmente, hacerse un hueco con humildad y cimentar una vida a través del esfuerzo. El tesón necesario de cada mañana cuando sonaba el despertador y el café caliente del pequeño bar de la esquina. Una rutina que muchas veces detestó y que ahora ocioso, realizaba empujado por una extraña fuerza que le incitaba a volver sobre sus pasos y visitar las amistades del viejo camino.

En la chimenea los troncos de leña se hacían ceniza y mientras se tomaba un chocolate caliente en su sillón, no dejaba de pensar en toda una vida dedicada a las cuentas. En la estantería del televisor los tomos que envió encuadernar recogían fechas desde los años ochenta hasta muy entrado el siglo XXI. Cubiertos de piel, aquellos viejos cuadernos contienen el latido del paso de los días y los sueños que se fueron cumpliendo sobre la mesa de la oficina. Su vocación hacia los números le había dado preocupaciones, tristezas y también profundas alegrías. Cerrando los ojos era capaz de visualizar como la empresa había cambiado a lo largo de las décadas. Podía ver con claridad los pasillos que, primero con papel pintado, fueron convirtiéndose en oficinas diáfanas donde el personal se reunía a través de la pantalla del ordenador. Sintió como su momento iba pasando, y con elegancia, fue dando paso a jóvenes que le recordaban sus primeros años cuando llegó al pueblo recién licenciado y con traje ancho.

Mientras escuchaba tararear a su mujer en la otra habitación, se levantó dejando la taza humeante sobre la mesita y volvió a ojear aquellos apuntes. Miró las primeras fechas con centenares de anotaciones y correcciones en tinta roja para después buscar con cariño efemérides que le dejaron marcado. Aquella página dejada a medias por el nacimiento de su hija o la anotación manchada de café y lágrimas cuando falleció su mentor y amigo. Eran tantas las vivencias camufladas entre asientos de contabilidad que por un momento sintió que le fallaban las rodillas. «Cuarenta años» susurró para sí mismo.

En aquel momento recordó que había guardado una fotografía de la cena de Navidad de 1997 y acudió a las últimas páginas del tomo de piel marrón. Con ansia las pasó agiles hasta que la foto cayó al suelo de la habitación como una hoja de otoño. En el reverso se podía leer una frase escrita a mano y firmada por su compañera de despacho «Siempre fue un placer, gracias por todo. Feliz Navidad». Con la delicadeza del que maneja un tesoro, observó aquellas caras repletas de juventud y sueños y las sonrisas de un equipo que a pesar de las caídas nunca dejaba de levantarse. Recordó cada baile de navidad, cada homenaje, cada mesa que había compartido y todas las emociones que se vivían en una época marcada en el calendario. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando pensó por un momento que ya no habría más cenas de empresa para él. Fue entonces cuando sonó el timbre, y al asomarse por la ventana, vio a sus compañeros cubiertos de nieve esperando en el jardín.

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