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Paki García Velasco Sánchez
Y así, con este título tan sugestivo y a la vez tan lleno de melancolía, añoranza y nostalgias, me encuentro sentada en una tumbona mirando al mar. Y claro, una cosa lleva a la otra y al estar metida debajo de la sombrilla (como decía la canción ochentera de los “Peor Imposible”, me ha dado por escribir unas letras acompañadas al unísono por el sonido de las olas, que, dicho de paso, hoy hay bastantes.
Y es que este año mis vacaciones han sido un poco tardías, pero como reza el dicho: “más vale tarde que nunca” o “nunca es tarde si la dicha es buena” …por lo que, aquí estoy en pleno mes de septiembre mirando al mar, ese mar que los que vivimos tierra adentro, a veces tanto echamos de menos.

La verdad es que parece mentira lo rápido que pasa el tiempo, bueno, el tiempo no, como decía mi madre: somos nosotros los que nos pasamos. Y es que hace nada estábamos saltando la hoguera de San Juan y comenzando el tórrido verano, y ahora por las mañanas y de nuevo, se vuelven a ver los niños con sus mochilas camino al cole.
Atrás quedaron los baños en las piscinas o albercones de turno, atrás quedaron las cenas campestres o en los chiringuitos varios rodeados de familia y amigos, atrás dejamos también al señor Iglesias y sus interminables memés los cuales nos han petado el móvil y nos han hecho más llevadero y alegre el séptimo mes del año, eso sí, con el consiguiente enfado de algunos contactos y familiares cansados de tanto ver al Julio haciendo mil y una cosas según el día que tocaba jajaja.
La playa también parece diferente en este mes cuando el verano se acerca a su final. Quizá sea la misma arena y el mismo mar, pero hay menos gente, menos sombrillas, menos voces. Las tardes empiezan a quedarse extrañamente silenciosas, algunas persianas de los apartamentos permanecen cerradas hasta el año siguiente y en las urbanizaciones aparecen los primeros carteles de “se alquila”.

Es entonces cuando comprendemos que las vacaciones no terminan de golpe, se van deshaciendo poco a poco.
Hay un momento casi imperceptible en el que el verano empieza a marcharse, no hay una fecha exacta ni una señal que nos avise de que se acaba, simplemente, un día cualquiera al abrir la ventana por la mañana, descubrimos que el aire ya no es el mismo, entra una brisa más fresca, más limpia, y durante unos segundos nos quedamos quietos, como si quisiéramos retener entre las manos los últimos restos de un caluroso y pasado agosto.
El verano siempre parece eterno cuando empieza, junio llega con sus tardes largas, las primeras noches en las terrazas, el olor de las cremas solares y esa sensación maravillosa de que delante tenemos por fin semanas enteras sin prisas. Después vienen los días de playa, el sol sobre la piel, las toallas extendidas en la arena y el sonido del mar acompañando las conversaciones… una sensación en la que uno se acostumbra enseguida a vivir sin mirar el reloj. Ya que en vacaciones los días tienen otra medida, se desayuna tarde, se baja a la playa sin demasiadas preocupaciones y se vuelve a casa con la piel todavía caliente por el sol y los pies llenos de arena. Después llega la comida, quizá una siesta con las persianas medio bajadas, y por la tarde aún queda tiempo para todo: para volver al mar, para pasear, para tomar algo, para sentarse frente al horizonte cuando el sol empieza a desaparecer etc…

El cambio también está actualmente en las mañanas, y es que durante semanas habíamos salido temprano de casa en manga corta o tirantes, recibiendo de golpe el calor del día, y ahora, sin embargo, hay que buscar una chaqueta ligera porque el aire de primera hora tiene algo diferente, huele a vendimia, a hojas, a regreso. El verano todavía está ahí, pero parece haber perdido confianza.
Quizá por eso septiembre tiene algo de melancólico. No es todavía otoño, pero tampoco es ya verano, es un mes suspendido entre dos estaciones, entre lo que acaba y lo que está a punto de comenzar. Las calles recuperan poco a poco su ritmo, los colegios vuelven a abrir sus puertas, las oficinas se llenan de nuevo y las vacaciones pasan a convertirse en fotografías guardadas en el teléfono. Volvemos a nuestras rutinas con una pequeña parte de nosotros todavía en la playa.
Tal vez por eso hacemos tantas fotografías, y es que queremos guardar el verano antes de que se vaya: una puesta de sol, una mesa llena de vasos, una playa casi vacía al anochecer, esas sandalias descansando junto a una toalla… pequeñas cosas que en aquel momento parecían insignificantes y que meses después adquieren un valor inesperado… porque las vacaciones tienen esa capacidad de convertirse en recuerdos incluso antes de que hayan terminado. Y, sin darnos cuenta, esos días empiezan a quedar atrás.

Después llega septiembre y nos devuelve el reloj, y más tarde llega esa primera mañana en la que necesitamos una sábana para dormir. Y un día descubrimos que a las ocho de la tarde ya empieza a oscurecer, los días se acortan casi sin pedir permiso, las mañanas se vuelven más frescas, las tardes, más breves, aparecen las primeras nubes, el primer jersey en el fondo del armario y las primeras hojas que empiezan a perder su color… poco a poco, casi con timidez, el otoño va ocupando su lugar, y quizá convenga no resistirse demasiado a este cambio.
Porque también hay belleza en ese momento, en caminar por una calle tranquila al final de la tarde, cuando el aire ya no pesa, en volver a escuchar la lluvia contra los cristales, en recuperar las pequeñas rutinas que durante el verano habíamos dejado de lado, como preparar un café caliente por la mañana y descubrir que ahora apetece quedarse un poco más junto a la ventana.
Y es que el verano se va, pero no desaparece del todo, queda en la piel bronceada que poco a poco recupera su color, en la arena que todavía aparece semanas después en algún rincón de la maleta, en las fotografías, en los recuerdos y en esa ligera tristeza que sentimos cuando guardamos las cosas de la playa.
Con los años una descubre que la nostalgia no aparece solamente cuando recordamos grandes acontecimientos, a menudo nace de cosas mucho más sencillas: de la canción que sonaba en ese verano, el olor de la crema solar, el sabor de un helado… cualquier detalle puede abrir de repente una puerta hacia un tiempo que creíamos olvidado.
Y quizá eso sea lo más triste y lo más bonito del final del verano, que sabemos que volverá, pero nunca volverá exactamente aquel que ahora mismo dejamos atrás.
Tal vez volveremos a la misma playa, quizá al mismo hotel, quizá incluso al mismo restaurante, el mar seguirá estando allí y el sol volverá a calentarnos la piel… pero nosotros seremos un poco distintos, habrá pasado un año, y con él habrán cambiado algunas cosas, habremos conocido personas nuevas, perdido otras, aprendido algo, olvidado mucho… y cuando volvamos a caminar por aquella arena, llevaremos con nosotros todos esos meses que quedaron atrás. Por eso el final del verano tiene siempre un punto de despedida.

Pero también sabemos que nada termina completamente, el verano se queda con nosotros de otra manera, se convierte en memoria, en historias que contaremos, en imágenes que volveremos a mirar alguna fría tarde de invierno.
Y mientras el otoño avanza y los días siguen acortándose, habrá momentos en los que cerraremos los ojos y volveremos a escuchar el mar.
