EL INVENTARIO

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Manuel Molina

Siempre digo que los pueblos son el verano. Lo hablo constantemente en la oficina, el gimnasio o en las cafeterías. Es cierto que adoro el tumulto de la ciudad, su caos, su reino en cada esquina y los estímulos que se lanzan desde los escaparates. Que me siento ya parte de ella y que el futuro lo observo desde sus largas avenidas. Sin embargo, una vez llega el calor espeso de los meses estivales es cuando la nostalgia me sube por la espalda. Hace unos días desperté en el pueblo, en casa de mis padres, muy temprano. El sol se fundía con los tejados y un aire fresco pasaba por las ventanas abiertas. Fue entonces, mientras buscaba un tarro con café y algo para escribir, cuando me puse a hacer inventario.

Al principio solo quería buscar aquello que podía hacer falta para una lista de la compra, pero tras desesperarme entre latillas y galletas decidí que el verdadero inventario estaba en los colores. Una cesta de tomates llamó mi atención mientras, aún con legañas en los ojos, buscaba el estímulo de la cafeína. El primer color que puse en la lista fue el blanco. El blanco de los muebles de la cocina, pero también el blanco de las casas. De la cal, de aquella fachada que antes de la feria mi abuela enjalbegaba. Anoté las mañanas donde, sentado en el poyete con un vaso frío de Colacao, la veía pasar el rodillo y la brocha por la pared. Las gotas caían como lluvia sobre la acera gris y su pañuelo puesto en la cabeza se iba cubriendo de pintura a medida que el reloj avanzaba. Después, el orgullo de una blancura infinita, el saludo de las vecinas que bajaban a por el pan y el contraste de color puro con las rejas y los claveles.

Tras el blanco, el azul. Un color que sin duda es la columna vertebral del verano. El azul de un mar que siempre nos falta en la meseta. Un mar que añoramos desde niños y que cuando se ve por primera vez queda fijado en la retina. El mar para los que nacimos en el interior siempre es como una promesa, un horizonte distinto a nuestros largos campos de cereal y olivos. Un susurro de que el mundo es inmenso y está lleno de prodigios.  Pero hay muchos azules en el verano, por ejemplo, el de los azulejos de las piscinas. Aquellas que se grabaron para siempre en la memoria de mi juventud. El Poli y la Muni. El césped donde se extendían las toallas de los grupos que jugaban a las cartas o merendaban un bocadillo mientras sonaba en los altavoces Camela, Corazón partido o Mónica Naranjo tras las peticiones de los oyentes con Marga en Radio Daimiel. Las tardes infinitas saltando de los pódium o el baño para quitar el calor y la arena después de jugar al vóley playa. Ese azul, quizás menos carismático o exótico que el de los mares que descubrí con los años se ha enraizado en mí y florece cada vez que llega el 21 de junio.

Tercer color: el amarillo. Un amarillo de distintas tonalidades, desde el más puro de los limones al apagado de los campos de trigo. Amarillo intenso de las cuatro de la tarde. El de los caminos de tierra que surcaba con la bicicleta junto a mis amigos de siempre. El color de las mariposas que caían en los Cien años de Soledad de García Márquez que leí entre las estaciones de tren. El amarillo de los años, el que se va posando en nosotros y nos moldea. El color de la siesta, el que traspasa los agujeritos de las persianas y queda reflejado en el suelo y el sillón. El amarillo de la arena que pisas descalzo cuando llegas a la playa. Cuando rompes tu rutina y te sientes libre, aunque sea por unos días. El amarillo de la luz de las farolas donde se tomaba el fresco. Las que al apagarse daban por cerrado el día y cortaban de cuajo el sonido de las pipas peladas de las abuelas, el balón en el asfalto o las conversaciones tibias de las parejas en los portales. El amarillo de los almanaques que olvidamos colgados en las paredes, el de los veranos efímeros.

Cuando mi madre despertó me preguntó qué escribía a solas tan temprano en la cocina. No supe qué contestarle y casi sin buscar, encontró el tarro a la primera, dando por sentenciada esa capacidad tan maternal. Esperamos juntos frente a la ventana a que subiera el café y al saborearlo, anoté el color negro en mi inventario. El mismo de la oscuridad de las noches. Las que daban calor y desenfreno a los fines de semana donde los chiringuitos reinaban junto al camino de Ciudad Real. El Carpe de verano, La Mancha, El Brocal o el Bora Bora eran el destino donde sonaba David Tavare y su Summer Love. Noches infinitas con olor a perfume, besos y alcohol. Donde nada estaba planificado ni importaba la foto impostada. Donde las calles y los parques se llenaban de gente y el mundo estaba fuera y no dentro de una maldita pantalla de cristal.

Tras el desayuno, pensé cómo podía mezclar varios colores. Pretendía hacer algo similar a los carteles de Miko y Frigo que colgaban en las puertas de las tiendas de barrio. O los colores mezclados de las portadas de los cuadernillos de Vacaciones Santillana que tanta pereza me daban. El de las banderitas de las verbenas. La multitud de colores de los equipos ciclistas que subían los puertos en el Tour de Francia en la hora de la siesta mientras el ventilador no paraba de girar. Los colores mezclados de las fotografías que jamás hice y que ahora me arrepiento de no haber tirado. La amplia gama de portadas que se fue sumando a mi estantería con libros de Hemingway, Françoise Sagan, Camus, Manuel Vicent, Vargas Llosa… y tantos autores que me acompañaron en cada verano. La mezcla propia de los recuerdos, de las risas, de las amistades.

Lo triste y bello del verano es que es fugaz. Al igual que los momentos de silencio en una casa. Mi inventario quizás no esté terminado, pero debo volver a la vorágine del día. Me reclama una voz infantil. Por lo tanto, el último color que anoté fue el verde. El color de las higueras y los bancos de madera. El del parque de San Isidro y las viñas. El verde de los pupitres que quedaron atrás demasiado pronto. El color de un verano que pasa sin remedio.

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