«DEBATIR LA TRADICIÓN»

0

 99 visitas,  5 visitas hoy

Por Eva Jiménez Loro

¿Puede una tradición seguir siendo tradición cuando cambia?

Hay debates que aparecen una y otra vez en cualquier ámbito relacionado con el folklore, las costumbres populares o el patrimonio cultural e inmaterial. En el fondo, todos terminan conduciendo a la misma pregunta: ¿hasta qué punto se puede modificar una tradición sin que deje de ser auténtica?

Es una cuestión curiosa porque solemos hablar de las tradiciones como si fueran algo fosilizado, inmóvil, como si existieran dentro de una vitrina desde hace siglos y nuestra única responsabilidad fuera evitar que nadie las cambiara «porque hay que preservarlas». Sin embargo, cuando uno se detiene a observar la historia con un poco de atención, descubre que las cosas rara vez han funcionado así. Las tradiciones cambian. Siempre lo han hecho.

Porque cambian los contextos, las personas, las formas de relacionarnos y también la manera en la que cada generación entiende el mundo. Pensar que una manifestación cultural puede permanecer exactamente igual durante décadas o siglos es olvidar que quienes la mantienen viva son seres humanos, y los seres humanos estamos en constante transformación.

Quizá por eso resulta tan interesante el debate que existe en torno al folklore como tradición. Hay quien considera que cualquier cambio supone una amenaza, mientras que otros defienden la necesidad de adaptar determinadas expresiones culturales para que sigan teniendo sentido en la actualidad. Y aunque a menudo se presentan como posturas enfrentadas, cada vez estoy más convencida de que ambas son necesarias.

Porque conservar importa: importa conocer cómo se cantaba, tocaba y bailaba, o cómo se vestían las personas en un momento determinado de la historia. Importa investigar, documentar y recopilar testimonios. Importa disponer de fuentes fiables que nos permitan entender de dónde venimos y cómo eran realmente aquellas manifestaciones culturales antes de que el paso del tiempo las transformara. Sin ese trabajo de investigación, perderíamos la memoria.

Pero también creo que existe un riesgo cuando confundimos conservar con congelar. A veces da la sensación de que algunas personas aman tanto las tradiciones que preferirían conservarlas perfectas antes que vivas.

Y quizá ahí reside una de las mayores contradicciones de este debate. Gran parte del folklore que hoy consideramos tradicional tampoco ha llegado hasta nosotros de forma intacta. Durante el siglo XX, en plena dictadura, se realizaron labores de recopilación, transformación y difusión que permitieron evitar la desaparición de numerosas músicas, bailes y costumbres populares. Aquello fue algo que marcó un hito que, dicho de alguna manera y cogido con muchas pinzas, sirvió para “preservar” un patrimonio que en muchos casos estaba desapareciendo.

Sin embargo, ese proceso también implicó seleccionar, ordenar, transformar, adaptar e interpretar. Lo que hoy entendemos como folklore tradicional es, en muchos casos, el resultado de ese trabajo de interpretación sesgada realizado y transformado por generaciones anteriores.

Lejos de restarle valor, esto nos recuerda algo fundamental: el folklore nunca ha sido una fotografía fija. Siempre ha sido una conversación entre el pasado y el presente. Por eso me cuesta entender la idea de que cualquier evolución suponga una traición.

Si una persona investiga una danza tradicional y trata de interpretarla con el máximo rigor posible, está aportando valor. Si otra acerca ese mismo folklore a públicos jóvenes utilizando nuevas herramientas o nuevos lenguajes, también está aportando valor. Si alguien dedica su tiempo a enseñar una jota a niños pequeños o a personas adultas, aunque no la ejecuten de forma perfecta, está contribuyendo a que esa tradición siga teniendo futuro. Y por supuesto, eso es lo que más valor debería tener.

A menudo hablamos mucho de la calidad, la pureza o la fidelidad, pero quizá hablamos demasiado poco de la participación. Porque ninguna tradición sobrevive únicamente gracias a los expertos. Las tradiciones sobreviven porque hay personas que las viven, las enseñan, las comparten y las transmiten. Sobreviven porque alguien decide dedicar parte de su tiempo a mantenerlas presentes en la vida cotidiana.

Y es que, las tradiciones se parecen mucho a un árbol: las raíces son imprescindibles, son la memoria, la historia y el conocimiento acumulado. Sin ellas, el árbol termina muriendo. Pero un árbol compuesto únicamente por raíces también está muerto. Necesita un tronco, ramas y hojas nuevas y diferentes cada primavera. Y ninguna de esas hojas supone una traición a las raíces. Al contrario, el nacimiento de nuevas ramas y hojas, cada una con sus peculiaridades y características, son la prueba de que las raíces siguen vivas.

Necesitamos a quienes investigan y documentan. Necesitamos a quienes conservan archivos, partituras, fotografías y testimonios. Necesitamos a quienes nos recuerdan cómo eran las cosas y de dónde venimos. Pero también necesitamos a quienes experimentan, a quienes enseñan, a quienes incorporan nuevas miradas y a quienes consiguen que una nueva persona descubra o continúe hoy una tradición que de otro modo jamás habría conocido.

Porque el verdadero enemigo de una tradición no es el cambio. El verdadero enemigo es la indiferencia y la intransigencia. Y si queremos que nuestro folklore y nuestras tradiciones sigan formando parte de la vida de las próximas generaciones, quizá deberíamos preocuparnos menos por decidir cuál es la forma correcta de participar, y más por celebrar que todavía haya personas dispuestas a hacerlo.

Al fin y al cabo, una tradición no pertenece únicamente al pasado. Pertenece también a quienes deciden seguir llevándola consigo en el presente y hacia el futuro.

Compartir.

Sobre el autor

Los comentarios estan cerrados.