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ÁNGEL VICENTE VALIENTE SÁNCHEZ
Se me ha pedido por parte de la dirección de este periódico que diga algo sobre mi persona. Es decir, que me autodescriba o me autodefina. Pues bien, lo haré en la medida en que pueda. Pero lo haré indicando algunos episodios de mi vida que me han marcado de forma rotunda. Sobre todo porque en ellos he ido conociendo personas admirables que me han ayudado en momentos decisivos. Vamos allá.
El primer episodio tuvo lugar en Madrid, en 1994. Me encontraba realizando unos cursos de doctorado en el edificio de la UNED, al final de la Avenida de Valladolid, junto al Puente de los Franceses. Entre las diversas opciones que se me ofrecían, había elegido unos cuantos cursos, que se repartirían a lo largo de dos años.
Uno de esos cursos se refería al filósofo alemán Fichte. Lo impartía el profesor Jacinto Rivera de Rosales. Allí acudimos unos cuantos estudiantes con la intención de ir elaborando nuestras tesis doctorales. Fue cuando conocí por primera vez a este ilustre y bondadoso profesor, uno de los mejores conocedores del idealismo alemán. Así que acudí con gran interés. Iba a tener la oportunidad de profundizar en un filósofo muy complicado. Todos los allí presentes estábamos expectantes y con gran curiosidad.
El profesor Rivera de Rosales comenzó su disertación agradeciendo nuestro interés y luego inició la explicación propiamente dicha. Entonces sucedió algo que todavía recuerdo con asombro y perplejidad. No entendía absolutamente nada. Ni la terminología, ni las explicaciones, ni los textos que citó. Nada en absoluto. Yo, un estudiante verdaderamente motivado, interesado, comprometido con la filosofía, me encontraba completamente perdido. Fue lo que se llama un “baño de realidad”. Por momentos tuve la tentación de salir corriendo, pero me contuve. Después decidí considerarlo como un reto que había que superar. Y así lo fui cumpliendo. Esta sensación de estar perdido y nadando en la más completa desorientación fue muy importante en mi vida. Me advirtió de la necesidad de ser humilde, perseverante y esforzado.
Posteriormente hice una buena amistad con Jacinto Rivera. Me guió en la orientación de mi tesis y me ayudó a publicar una traducción en la Editorial UNED. No puedo estarle más agradecido.
El segundo se desarrolló en los años ochenta. Llegó a la parroquia de San Pedro de Daimiel un sacerdote llamado Miguel Ángel Angora Mazuecos. Y de pronto todo cambió. Allí apareció de improviso un predicador singular; un hombre que consiguió movilizar un gran número de jóvenes, entre los que me encontraba. Todos los que lo conocimos recordamos su humildad, sencillez y sabiduría. Consiguió crear una atmósfera de humanidad en torno a la parroquia. Su lema se podría concretar en “santidad en la vida diaria”. De su entrañable amistad solo puedo decir que íbamos a su casa y nos sentábamos muchos con él a ver la tele y comentar los avatares cotidianos. Encontramos en él un padre, un guía, un amigo. Sobre todo para mí fue un guía espiritual de primera división.
Ahora pienso que si fue un guía espiritual tan bueno, ¿por qué yo sigo siendo un cristiano tan chusco ? La respuesta es muy sencilla, aunque me costó bastante dar con ella: si no hubiera sido por Miguel Ángel Angora yo ahora, ahora mismo que escribo esto, sería un cristiano mucho más chusco. De modo que su labor fue limar o reducir mi chabacanería y mi anarquía moral y espiritual. No puedo estarle más agradecido. Por esto y por muchas cosas más.
El tercer episodio sucedió en Madrid. Me imagino que sería el año 1998. Me encontraba preparando mi tesis doctoral y decidí consultar con el profesor José Gómez Caffarena, jesuita. Aunque a muchos no os diga nada este nombre, fue un profesor muy importante en España y publicó libros decisivos en Filosofía. Me recibió con mucha amabilidad en un piso que tenía la Compañía de Jesús en la calle López de Hoyos. Recuerdo perfectamente que el piso estaba lleno de libros. Libros por todas partes; en las estanterías, en las mesas, en las sillas. Hasta en el suelo había libros. Libros en todos los idiomas imaginables.
El profesor Gómez Caffarena respondió con mucho interés a las diversas preguntas que le hice. Me proporcionó bibliografía y me animó en mi proyecto de tesis. Todavía me impresiona el trato tan sencillo y cordial que tuvo conmigo. Le estoy enormemente agradecido.
De estas tres personas bondadosas, ya fallecidas, tengo un entrañable recuerdo y al rememorar su presencia me reafirmo en mi tesis: no llegamos nunca a realizar nuestros proyectos si no recibimos la ayuda inestimable de algunas personas de bien, que Dios pone en nuestras vidas.
