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ÁNGEL VICENTE VALIENTE SÁNCHEZ
Las calles, las casas no tienen tanta importancia como las personas que las recorren y las habitan haciéndolas humanas o divinas. En la calle Jabonería, donde nací y me crié, no había casas señoriales ni palacios ni ermitas ni edificios deslumbrantes ni grandes establecimientos comerciales. Pero había una gran complicidad entre los vecinos, una cortesía y lealtad como no he vuelto a sentir en ningún sitio. Los vecinos se saludaban por las mañanas y charlaban amigablemente sobre los asuntos cotidianos.
Todos los niños jugábamos en la calle, experiencia que no se puede expresar con palabras. Jugábamos al trompo, a los chetes, al fútbol. En una alegre mezcolanza. De vez en cuando, muy de vez en cuando, pasaba un coche o un carro de mulas o el mielero. Las madres estaban tranquilas porque la calle era un gran recreo vigilado por los vecinos. A veces éramos recompensados con la merienda por las madres de otros niños. En fin, era una especie de Arcadia en Daimiel. Luego regresábamos a nuestras casas sudorosos, para cenar en la mejor compañía imaginable y comentar los avatares propios del día, antes de irnos a la cama y dormir como benditos.
De todas las cosas que me entusiasmaban de niño, nada comparable a leer tebeos. Yo era un gran devorador de tebeos. Leía y leía sin parar. Me producían una felicidad indescriptible. Pero el momento más delicioso era cuando visitaba las casas de otros niños para intercambiar los míos con los suyos. Eso sí que era grandioso. Me deslumbraban los que no había leído todavía. Recuerdo el DDT, Pulgarcito, TBO, Hazañas Bélicas, el Sargento Gorila, El Capitán Trueno, El Jabato, etc. Cuando leía estas maravillas me olvidaba del mundo. Nunca como entonces estuve atrapado por la lectura. Ninguna lectura me ha producido tanta felicidad.

Al lado de mi casa estaba la taberna de Patata. A veces íbamos a comprar patatillas fritas. En aquellos tiempos en las tabernas se consumía sobre todo vino. Los “chatos” de vino eran lo más común. Vino de la bodega Fisac-Villar, que estaba enfrente, o de los Galianas. También se consumía mistela, vermut, coñac y anís. Más tarde apareció, en la misma acera, la taberna de Escusa, que era un poco más elegante y servía unos pinchos de callos memorables. Otra de las cosas que se han perdido. En esta taberna ya se consumían botellines de cerveza, quizás en mayor número que los chatos de vino.
La bodega de Fisac-Villar vendía vino a granel y también mosto, con el que se podía hacer mostillo, un postre exquisito. También envasaban vino de marca Los Porrones en una bodega de Puertollano.
Al final de la calle se encontraba la carpintería de Jualma, que estaba al lado de un barranco gigantesco. Allí iba a parar el agua de las lluvias, que a veces eran tumultuosas. Jualma era un carpintero al estilo tradicional, es decir, elaboraba por encargo todo tipo de muebles y de aparejos domésticos.
En mitad de la calle se encontraba, y se encuentra todavía, el colegio. Ese colegio en el que comencé a tomar contacto por primera vez con la formación humanística. Es verdad que el maestro de vez en cuando hacía uso de una vara de madera que parecía endurecida por su utilización. Una vara poco humanística.

Otra de las cosas importantes era el taller textil de Sáez Merino (CONTUSA, Confecciones textiles Usera S. A). Era uno de los talleres que había en Daimiel en aquellos años.
A principios de los años sesenta, los hermanos Manuel y Joaquín Sáez-Merino escuchan hablar por primera vez de un nuevo tejido que está triunfando en Estados Unidos. En 1962 nace LOIS, uno de los primeros jeans diseñados y producidos en Europa.
Tras el éxito de los pantalones, en 1965 lanzan la primera cazadora vaquera de la marca. En los años setenta se convierte LOIS en una de las cuatro grandes marcas mundiales de jeans.

Las fábricas textiles de Daimiel suministraban trabajo a muchas personas. Es una pena que hayan desaparecido. Este es un tema que merece un artículo aparte. Puede que algún día lo escriba.
