EL SILENCIO DE LOS CORDEROS

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José Ignacio García – Muñoz (Queche)

El paisaje ya desdibujado por la oscuridad, pasa por delante de las ventanas a toda velocidad como un borrón continuo solo roto por alguna luz lejana. En el interior del vagón, la mayoría deja pasar el tiempo entre la lectura o la preparación de algún documento de trabajo. Los móviles y las tabletas; esa epidemia de los tiempos actuales, iluminan la cara de sus propietarios mientras mantienen conversaciones con sus familiares o amigos, informándoles de los avatares del día, o anunciando la inminente llegada.

En diferentes barrios y casas de diferentes ciudades y pueblos, centenares de personas se apresuran para acudir a la estación a buscar a sus maridos, mujeres, hijos, hermanos, amigos…

Otros tantos, recorren el camino inverso desde la estación hacia sus hogares después de despedir a sus maridos, mujeres, hijos, hermanos, padres…

La deceleración sorprende a todos. Una cascada de ruidos sordos se sucede mientras decenas de cuerpos, maletas, y enseres, surcan el estrecho espacio del vagón chocando unos contra otros. Se estremecen huesos y se afligen las vísceras mientras la sangre y el dolor empiezan a instalarse en el cuerpo de aquellos a los que la mala suerte o el destino han tomado como rehenes. Gritos  de miedo y desconcierto se alternan con los apagones intermitentes hasta que de repente, casi como empezó, cesa el movimiento y se apodera del vagón un silencio pesado, un silencio trágico mientras las aturdidas mentes se recomponen: es el silencio de los corderos que instantes después,  convierte el vagón en dantesco escenario donde los lamentos, las peticiones de ayuda y la desesperación, flotan en la oscuridad como un veneno que todos van aspirando.

En medio de la confusión, unas luces, una mano amiga, un abrigo de compasión, de solidaridad, de generosidad espontanea, cubre los hombros de los desafortunados viajeros. Una verdadera manifestación de altruismo invade las vías,  una transfusión de amor y esperanza que devuelve calor a las entrañas.

Una vez más, como ya ocurrió con la Dana en Valencia, centenares, miles de personas, se ponen en marcha sin preguntarse si aquel cuerpo, si aquel brazo levantado que reclama auxilio, si aquel lamento lanzado al aire desde la penumbra pertenece a alguien que milite entre los llamados progresistas o entre los conservadores, entre los fascistas, o entre los marxistas, entre los trabajadores, o los empresarios. Entre mujeres u hombres, entre cristianos  o  musulmanes, entre colchoneros o madridistas… Como siempre, la gente da una lección a todos aquellos a los que ya les falta tiempo para eludir responsabilidades, a todos aquellos que califican y reparten carnets de buenos y malos según su particular y sectario criterio.

En la película de Jonatham Demmie “El Silencio de los Corderos”, Jodie Foster encarnaba el papel de la agente Clarice Stirling que, soñaba con los gritos de los corderos sacrificados y su incapacidad para salvarlos. Un silencio que buscaba acallar a través de la justicia, al atrapar al asesino, y encontrar la redención para las víctimas.

Lo que ha pasado es una auténtica desgracia que evidentemente nadie quiere, pero de la que alguien se tendrá que hacer responsable, de lo contrario, y no es un oxímoron, el silencio de los corderos se hará atronador.

Y aquí estamos de nuevo unos meses después exactamente en la misma situación. Padres llorando, madres llorando, hijos llorando, abuelos llorando, amigos llorando. Otra vez teléfonos sonando en la oscuridad sin que nadie los responda, otra vez angustia y desesperación, otra vez incertidumbre. Otra vez incredulidad ante lo que las imágenes reflejan en los televisores. Otra vez decenas de expertos diciendo “se veía venir”. Otra vez los de siempre escurriendo el bulto, otra vez tapándose los oídos para no escuchar el silencio de los corderos. Y yo me pregunto, al igual que lo hacía el filósofo Marco Tulio Cicerón el 8 de noviembre del año 63 a.C en el senado romano, interpelando a Lucio Sergio Catilina a su vez  senador de roma:

¿Quo usque tándem abutere, Catilina patientia nostra? (Hasta cuando abusará Catilina de nuestra paciencia)

Catilina había perdido las elecciones al consulado en varias ocasiones. Frustrado, reclutó veteranos de guerra y plebeyos descontentos, prometiéndoles una cancelación de las deudas. El plan era levantar revueltas armadas en diferentes regiones de Italia, y provocar incendios en Roma la capital. Finalmente, fue descubierto su plan gracias a Fulvia la amante de uno de los conspiradores…No puede uno dejar de establecer comparaciones con la situación actual.

Podríamos sin temor a equivocarnos, considerar a Heródoto como el primer gran reportero de la historia. Y si consideramos la historia como la crónica del pasado en el cual no hay que detenerse, pero sí aprender de él, podríamos digo, extraer numerosas enseñanzas que nos ayudarían a entender nuestro presente, que no dista mucho pese al discurrir de los siglos del que vivió el ciudadano de Halicarnaso.

Promulgó Heródoto tres leyes de la historia (*) con los que trataba de explicar la multitud de sucesos que en tan convulsas épocas se producían.  A saber:

-1ª Ley:

Heródoto dice que el principio se halla en la respuesta a la pregunta ¿Quién ha empezado? ¿Quién fue el primero en cometer la injuria? Definir esta ley, y ser consciente de su existencia reviste capital importancia, porque en el mundo de Heródoto (y muchas comunidades de nuestro hoy) funciona la ley del desquite, de la venganza, el eterno ojo por ojo. Además, la venganza no es solo ley sino incluso, sobre todo, el más sagrado de los deberes. El que no cumpla con él será maldecido por su familia, su clan, su comunidad.

¿Qué papel desempeña la venganza? El miedo a la misma ante su condición de terrible e inexorable, deberá disuadir a cada uno de nosotros de cometer una acción indigna y dañina para otros. Debería ser un freno, una llamada a la contención. Pero si a pesar de todo, ésta resulta ineficaz y alguien comete ese acto que perjudica a otros, su autor activará una cadena de venganzas que podría prolongarse durante generaciones e incluso siglos.

Una especie de lúgubre fatalismo anida en el mecanismo de la venganza de modo que de repente te ocurre una desgracia y no consigues desentrañar sus causas ¿Qué ha pasado?: Nada, te ha atrapado la venganza por los crímenes cometidos por uno de tus antepasados que vivió hace diez generaciones y de cuya existencia ni tan siquiera sospechabas.

–2ª Ley:

La felicidad humana nunca es duradera. Y nuestro griego, demuestra esta verdad describiendo los dramáticos, estremecedores, avatares de la vida del rey de los lidios; Creso, semejantes a las del bíblico Job, del cual Creso tal vez fuera precursor.

La costumbre de la época exige que los poderosos de este mundo, antes de tomar una decisión de envergadura, pidan consejo al oráculo. Creso ordena una colecta de dádivas gigantesca. Ordena encender una pira gigantesca donde arroja montones de oro y plata, sacrifica miles de cabezas de ganado y ordena a todos los lidios que cada uno se esfuerce en sus sacrificios. Una hacienda implacable.

Las opiniones pronunciadas por el oráculo, y transmitidas a aquellos que la han pedido suelen caracterizarse por prudente ambivalencia y nebulosa turbiedad. Son textos compuestos de tal manera que, en caso de equivocación, el oráculo podría escabullirse del asunto conservando la cara. Y desde hace milenios, la gente sigue escuchando con las mejillas encendidas las opiniones de adivinas y adivinos. Tal fuerza radica en el deseo humano por descorrer la cortina del mañana, una fuerza inagotable e indestructible. La respuesta del oráculo de Delfos sonaba así:

 “Si atacas a los persas, destruirás un gran estado” y Creso que deseaba esa guerra cegado por el ansia de agresión interpretó la profecía de este modo: “Si atacas a Persia, la destruirás” Pues Persia y en esto no se equivocaba, era un gran estado.

Así que se lanzó al ataque, pero la guerra la perdió con lo cual, de acuerdo con la profecía, aniquiló un gran estado el suyo propio.

-3ª: “Lo dispuesto por el destino no pueden evitarlo los dioses mismos “Creso paga el delito que cometió su cuarto ascendiente el cual siendo guardia de las Heraclidas y dejándose llevar de la perfidia de una mujer quitó la vida a su monarca y se apoderó de un imperio que no le pertenecía. El dios de Delfos, ha procurado que la ruina total de Sardes no se verificara en detrimento de Creso si no de alguno de sus hijos; pero no ha sido posible cambiar la decisión del destino…

Estas respuestas llevaron los lidios a Creso; el cual después de informarse confesó que toda la culpa era suya y no del dios.

Resulta inevitable establecer paralelismos con algunos de los sucesos que acaecen en la actualidad. La primera ley ¿no es de aplicación a algún líder de la izquierda populista?

Atrincherado en el pasado, resucitando los fantasmas del franquismo, “¡Arderéis como en el 36!”, “¡Contra el Vaticano poder clitoriano!”, la cal viva… El populismo busca enemigos desaparecidos hace tiempo en los que encarnar su hambre de revancha heredada no se sabe muy bien ni por qué, ni de quien, y en un tiempo en que los responsables de aquello, han desaparecido en su mayoría.

El PSOE, se encuentra sumido en una vorágine en la que Creso (Pedro Sánchez) interpreta a su manera la respuesta del oráculo (elecciones) y ataca Persia (España, y al propio PSOE) llevándolo al borde de la destrucción cumpliendo la profecía del oráculo destruyendo un gran estado; el suyo propio, en aras de su gloria particular. Otro que se hace llamar progresista.

Entretanto, la derecha intenta apoderarse del reino dejándose llevar de la perfidia del dinero sin que, en este caso, el entonces guardián de las Heraclidas asuma la culpa en favor de los dioses. 

Resumiendo: estamos como al principio de los tiempos y así nos luce el pelo, porque los que vienen, (recordad la primera ley de la historia) vienen siempre clamando venganza y sembrando odio. ¿Cuantas veces hay que hacer la transición? No vienen a arreglar nuestros problemas, solo vienen a arreglar los suyos y los de sus señores, porque ellos son siervos de un poder superior llámese este capitalismo, progresismo, o comunismo, y si no andas listo, en poco tiempo estarás insultando al que no piensa igual que tú, y cargándote de razones para hacerlo aunque para ello te las tengas que inventar.

Desgraciadamente, cualquier cosa que suceda en nuestro país estará pasada por el tamiz del sectarismo, por el ruido de fondo que emite la respiración de una sociedad enferma, a la que el oxígeno de la tolerancia no le llega a las células porque alguien le está pisando la manguera.

*Mis Viajes con Heródoto Ryszard Kapuscinski.

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