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Jesús Camacho
Hay tradiciones que no solo se escuchan; se sienten en la tierra, en la memoria y en la voz de un pueblo. Desde hace décadas, Daimiel se convierte en el epicentro de la música folk.
El Festival Folk ‘Tablas de Daimiel’ no es solo un evento musical: es un viaje a través del tiempo, un punto de encuentro entre generaciones y la prueba de que nuestras raíces siguen más vivas que nunca. En la edición de este año, descubrimos la historia, los acordes y la pasión que hay detrás de uno de los hombres de mayor relevancia e importancia del mundo del folk en nuestro país.
La 54 edición del Festival Folk “Tablas de Daimiel” homenajea al cantante, folklorista, musicólogo y etnógrafo español: Ismael Peña Poza.

Ismael nació el 13 de enero de 1936, en Torreadrada, un pueblecito de la provincia de Segovia en el que su madre ejercía como maestra. Cuatro años después, terminada la guerra, la familia se trasladó a Labajos por el traslado forzoso de la progenitora. Un pueblo que carecía de luz eléctrica y de agua corriente y en el que pasó los años centrales de su infancia jugando en la calle, escuchando los romances que iban cantando los ciegos y con su madre, aprendió cientos de canciones, las que se cantaban en los pueblos y canciones de misa y con una guitarra que le prestaron a su padre empezó a tocar por intuición. En la villa medieval de Cuéllar, rompió su hucha para comprar un laúd que le ayudaría a relacionarse con la sociedad. La música fue para él su vía de escape.
A Madrid marchó Ismael decidido a estudiar Leyes, compaginando el Derecho Político con tres años de solfeo, armonía y uno de guitarra. Madrid emergía ante los ojos del joven con todas sus tonalidades y matices. Era pleno franquismo y entró en contacto con asociaciones culturales, muchas de ellas medio prohibidas. Para él, los mundos prohibidos tenían su encanto.
El espíritu rebelde de Ismael lo llevó a Francia. Aprovechando una invitación de la tuna de Veterinaria para actuar en el carnaval de Niza, el intrépido segoviano se embarcó el 1 de marzo de 1960, en la aventura más decisiva de su vida con la condición de que no volver a Madríd terminado ese viaje. Para él España, era una casa sin ventanas, sin luz y sin esperanza para la juventud.
Jamás se arrepintió de su partida a pesar de que hubo noches que durmió en la calle sobre las hojas de los periódicos que encontraba en la basura. Lo suyo era vivir en contra de, y eso le hacía fuerte. No soportaba la rutina, la monotonía, el aburrimiento, y el placer de la aventura frenaba todos sus miedos. El miedo es uno de los elementos que empuja al ser humano a hacer muchas cosas.

Tocaba en salas y cabarets, en las cuales, además de ganar algo de dinero, le dejaban que se llevara las sobras de comida. Cuanto más raras eran las aventuras, más interesantes le parecían. Salió adelante y en París conoció a los cantautores franceses y saboreó las mieles del éxito. Se dedicaba a transmitir la música de su tierra y su música sorprendía, pues no era precisamente lo que esperaban de un talento español. Ismael se movía en tres campos musicales: La música de los siglos XV y XVI, la música de los pueblos y la música compuesta sobre poetas que leyó, conoció y quiso.
Su primer disco, Canciones del pueblo, Canciones del rey, obtuvo el Grand Prix Charles Cros du Disque. Empezaron a interesarle los cancioneros renacentistas, los vihuelistas del siglo XVI, consiguió partituras y el éxito le abrió las puertas de toda Francia y de otros países con muy buena prensa.

En París aprende la belleza de los monumentos, museos, la literatura y perfecciona su arte. En mayo de 1968, deja Paris y regresa a España siendo un total desconocido, encontrando muchos vacíos a todos los niveles, especialmente en los culturales, lo que le hace recorrer el país recogiendo recuerdos e indagando en la cultura popular hablando con la gente de los pueblos.
Editaría varios discos y sencillos con títulos como: “Así soy yo”, “Ismael en España”, “Cuestión de piel”, “Donde vas carpintero” y “La Tarara”, entre otros muchos y haría alguna inclusión en el cine.

Contactó con la tele del momento, para hacerles llegar un proyecto de programa de folklore que dejaron olvidado en un cajón hasta que, en 1974, para llenar un vacío, decidieron rescatarlo. Cinco años estuvieron haciendo La banda del Mirlitón, protagonizado por las intervenciones de un conjunto artificial, con emisiones de carácter monográfico, dedicadas al folklore de una provincia, región o ritmo musical. Como curiosidad, de esta banda formó parte el periodista manchego Pedro Piqueras.


Entre otros, conoció al poeta Miguel Hernández, Camilo José Cela, Dalí y Gloria Fuertes con la que disfrutó mucho y tuvo una especial amistad.


Con el tiempo, su labor se diversifica y comienza a centrarse en la colección y preservación del patrimonio etnográfico español, recopilando una de las colecciones de arte popular más importantes del país, repartida entre instrumentos musicales, juguetes, bordados, vestidos, marionetas o botijos pintados. Recopilaba todas las expresiones del alma humana, desde la más sencilla a la más culta.
A día de hoy, Ismael sigue siendo una referencia ineludible para la música tradicional española. Su contribución a la preservación del folclore y su incansable labor en la investigación etnográfica han sido reconocidas con numerosos galardones, incluyendo el Premio Nacional de Folklore en 1999.

Todo en la vida tiene su tiempo y su momento y hasta el último día de su vida quiere seguir aprendiendo.

En el marco del festival Folk “Tablas de Daimiel”, se le rendirá por fin un merecidísimo homenaje a Ismael Peña Poza, el mítico Ismael de La banda del Mirlitón y el gran patriarca del folk español, folk que siempre estará en deuda permanente con él. Consideramos a Ismael «un referente de la cultura popular» y para ello hemos preparado un homenaje con múltiples sorpresas, caras y grupos conocidos del Festival Folk, que interpretarán algunos de sus temas y todo ello presentado por el periodista musical José Ramón Pardo.

