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Juanjo Rogo
La tristeza no hace ruido, se cae entre las gotas que mojan el cristal de la ventana.
En la calle las hojas se arrugan como cartas que nadie terminó de enviar.
Las farolas guardan su reflejo en los adoquines, igual que unas manos conservan el calor de la lumbre.
La lluvia va cerrando la ciudad ventana a ventana, y en las casas solo queda el silencio.
La tristeza tiene forma de silla vacía en el bar de la esquina, de una taza fría junto a la cama, de un reloj que sigue despierto alargando la espera.
La noche se envuelve en su abrigo mojado, y a lo lejos ladra un perro cuando pasa el último vagón.
La ausencia está en las cosas pequeñas:
la cama deshecha, el cerco de un vaso sobre el hule de la mesa.
Pesa como la ropa húmeda sobre el tendedero, igual que una lámpara que nadie vuelve a encender.
Porque el amor no hace ruido al caer. Se queda en la costumbre torpe de poner dos cubiertos en la mesa, de seguir viviendo: a tientas.
