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Juanjo Rogo
El miedo es un monstruo acurrucado en el pecho. Tiene manos frías que hostigan la respiración ahogada.
Es un reloj que gruñe hasta que el tiempo se vuelve herida.
Te deja sin palabras, pegado al corazón que late como si la vida entera buscara paso por la boca en grito.
La noche lo alimenta con un rechinar de dientes donde el cuerpo tiembla y el sudor resbala.
Fui yo quien abrió esa puerta: las dudas batiendo sus alas, pájaros ciegos bajo la lluvia.
Ahora camino hacia ese punto donde falta el aire, y lo miro de frente. El suelo cruje bajo mis pies helados.
El monstruo fija sus ojos como si me conociera desde siempre.
Pero ya no es tan fiero; respira a mi lado. Afloja sus garras, pero no se va.
Es un pozo de silencio que se vuelve sombra, compañía inevitable.
Un ave de plumas oscuras que anida donde antes hubo jaula.
El frío ya no muerde, compartimos el mismo invierno, y en su silencio, reconozco el eco de mi propio nombre.
