108 visitas, 108 visitas hoy
José Ignacio García – Muñoz (Queche)
Yo nací hace ya bastante tiempo. Sí, ya sé que no es un dato muy exacto, y los años no dicen tampoco gran cosa sobre la verdadera edad de una persona. Estoy en esa edad en la que uno ya ha tomado conciencia de lo deprisa que pasa la vida, y lo ha asumido. Esa edad en la que mirar hacia atrás con nostalgia cada vez merece menos la pena, y en la que el futuro consiste en aprovechar lo que queda de día; en llenar el futuro de presente.
También pensaba que a medida que envejeciera me volvería menos pasional, más sosegado, pero para mi sorpresa ha ocurrido justo lo contrario. Sucede que las injusticias cada vez me ponen de más mala leche, los mesías prometidos me sacan de mis casillas, lo mismo que los que anteponen las ideologías a las ideas. Ya no trato de convencer a nadie, simplemente digo mi verdad, y si alguien coincide estupendo, y si no también faltaría más.

Tengo tendencia a ayudar a los demás sin condiciones, con lo que a veces saco los pies fríos y la cabeza caliente que le vamos a hacer; en eso los años tampoco me han cambiado. Chapurreo la lengua de Shakespeare, pero se escuchar en varios idiomas, y entre una película y un libro casi siempre elijo lo segundo.
Me apasiona la música; especialmente el flamenco y el rock leñero, y parte de mi presente diario lo relleno tocando la guitarra.
La naturaleza supone para mí un lugar donde conviven la humildad y la belleza, la verdad y la razón, la lógica más absoluta. Me encanta deambular balduendo cámara en mano (otra de mis aficiones), intentando atrapar un instante que nunca consigo, porque la brisa en la cara, el canto de los pájaros, y el divino toque del sol no hay cámara que los recoja. Mientras, no abandono la idea de poder lograrlo algún día. En el entreacto, podéis encontrarme deambulando por el Pirineo, o tal vez bajando algún rio haciendo rafting.
Algunos de ustedes, de vosotros, perdonadme el tuteo, sabéis por la serie de artículos publicados en este medio “dormir al fresquito”, que soy un motero empedernido, y espero que cuando la parca venga a buscarme sea cual sea el motivo que yo le dé, en mi garaje haya una buena moto todavía en uso.
Profesionalmente he estado ligado al mundo del deporte, y mi carrera ha transcurrido entre la enseñanza y la alta competición.


Sucede, a mí me ha sucedido, que después de leer un libro, inconscientemente uno les pone cara, cuerpo, y hasta tono de voz a los personajes del mismo, y cuando ese libro es llevado a la pantalla, uno sufre a menudo un desengaño porque no coincide con nuestra idealización de los personajes. Este escrito no es una biografía, no quiere serlo, es simplemente una semblanza sin otra pretensión, que la de contribuir a formar una idea lo más aproximada de quien está a este lado de la pantalla de su dispositivo de lectura, tal vez así entiendan ustedes un poco más lo que a veces se escribe, o al menos lo juzguen con indulgencia.
Ahora, les dejo con un contexto que les contará más sobre quien esto escribe que un montón de datos biográficos que no son más que números.
Yo pertenezco a aquel tiempo en que…
Tiempos en los que las galeras con el perrillo atado debajo, compartían espacio con las personas y los remolques. Tiempos en que los días de mercado se hacían en la calle Prim, y un poco más allá, en la calle Monescillo, se afanaban las operadoras en la centralita para facilitarte la conferencia con el familiar lejano. Tiempos del Teatro Ayala y el “Cinillo”, con sus tiroteos en los que “el muchacho” siempre salía airoso en su pugna con los pobres indios. Con sus películas de Tarzán, o de Alfredo Landa. De gaseosa La Pitusa, y de apagones con candil al anochecer. De tertulias a la fresca en las tórridas noches de verano bajo un cielo en el que no cabía una sola estrella más. De comprar perdigones del 4 ½ donde “Noteme”.

De bañarse furtivamente en los albercones, y de visitar las tétricas simas del “Mulillar” en noches de luna llena. Tiempos, de viajar en los trasportines de aquellos grandes dinosaurios negros de Melero, que salían del Paseo de Las Delicias en Madrid. Tiempos de feria en el Paseo del Carmen, y de rosquillas, barquillos, flores y hábitos en Semana Santa. De cangrejos en Zuacorta o Flor de Rivera. De compartir con la cuadrilla polvo, costras en las rodillas y pupas en la comisura de los labios. Pitos y altramuces en la plaza. De caracoles en septiembre, y de interminables noches de labor en las bodegas durante la vendimia. De bañarse en el Azuer, y volver a casa con los calzoncillos manchados de la roja tierra de las márgenes del rio, que delataban nuestras peripecias finalmente premiadas con un “gavillazo” en el culo. Tiempo de bailes en Los Pinos, o de bajar a las profundidades de “La Gruta” con aquella luz violácea que hacía resaltar el color blanco de la ropa tornándolo en fluorescente, mientras los Credence Clearwater Revival entonaban “Hey Tonight”. Tiempos de UHF y del Viti, de Matías Prats y la selección. De los tallos de la churrería Alcázar que deberían haber sido patrimonio de la humanidad, justo al lado de donde vivía doña Pascuala, la elegantísima señora que contribuyó a traerme al mundo. Tiempos de los melones tendidos sobre mantas en la acera del mercado, tardes de pan y chocolate. De noches de frías y casi mojadas sábanas al acostarse, de bocanadas de vaho subiendo hacia los altos techos, y luces temblorosas que se apagaban presionando aquellas perillas que te obsequiaban de vez en cuando con algún latigazo producto de la humedad reinante. De poner la palangana en el aguamanil y llenarlo con la jarra para las escuetas abluciones matinales. De lijarse el culo con el papel “Elefante”, o teñírselo con las noticias del “Lanza” convenientemente deshojado. De bacinillas debajo de la cama y visitas al corral en noches de malestar intestinal. De las gambas con gabardina del Cortijo, y las raciones del Eugenio. De los coyotes con trocitos de fruta en la heladería de la plaza, y de los puestos de chucherías portátiles rematados con inmaculados paños blancos y aquellas tapaderas de cristal debajo de las cuales, aguadaban Sacis, pastillas de leche de burra, regaliz, y un buen montón de tentaciones infantiles. Del tiempo detenido en las tardes de agosto mientras los gorriones no se atrevían a salir de debajo de la sombra.

Tiempos en que las procesiones las abrían jinetes a caballo, y “La Pava” acarreaba viajeros. Tiempos de Sonseca y D. Gustavo. De D. Francisco y D. Amable. De Rodríguez Maestre…De Pantaleón “Pantala”, y de Félix “Enséñame la luna”. De “Pepetola” y su yegua que se subía por los tejados. De “Caracol” atronando las calles con su estrambótico carro, y de Carlos Redondo y su hermano “Chule”; del que aprendí mis primeros acordes de guitarra flamenca. Del “Lince”, y “Calatraveño”, de jugar al toro frente al coso del Carmen con el “Lauri “como maestro de ceremonias. De D. Evelio dirigiendo la banda mientras centenares de nazarenos acompañaban a sus imágenes. De los madrugones en viernes santo para ver en el Altillo el encuentro de la Verónica. Tiempos de Rufo, y Flores, a los que recuerdo con especial cariño, lo mismo que a Kiko Moraleda, y a Raimundo el carrero y su hijo Rai. De Manuel Negrillo y la imprenta de Casillas. De Los Blancos y La Duquesita. Archidona y su droguería. Polainas el carnicero, “Carco” y sus chorizos. Eufrasio el mecánico, y la farmacia de Simal. De los baños en las pozas de la estación…Muchos lugares, situaciones, y personas que uno guarda en el corazón o en la memoria, y que de vez en cuando salen por la fina punta de la pluma mezclados con la tinta en la que uno moja cuando escribe.

