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José Ignacio García – Muñoz (Queche)
Fotografías: Joaquín Villalonga, Paki, video – Isabel
Fue uno de esos días que se guardan en la memoria vaya usted a saber por qué. Era un día como tantos otros en pleno verano, uno de esos días en que el calor apretaba de lo lindo, y amenazaba con recrudecer su tormento por la tarde.


Unos montoncitos de ropa esparcidos con descuido sobre la roja tierra delataban nuestra presencia. El chapoteo, y los gritos infantiles terminaban de pintar un cuadro impresionista teñido del azul del cielo, el rojo de la orilla y el verde de los viñedos. En el cauce de un rio que discurría sin prisa, jugábamos un puñado de niños de cuerpos desnudos que relucían al sol cada vez que tras sumergirnos asomábamos nuestra delgadez al aire de la mañana. Separados entre nosotros por unos pocos metros, nos zambullíamos y volvíamos a aparecer a los pocos segundos. El juego consistía en sumergirse cual submarino unos instantes antes de que uno de nosotros, lanzase al aire una piedra de tamaño regular mientras gritaba: ¡carga de profundidad!, con la peregrina idea de que eso nos protegería de recibir una pedrada en la cabeza, y la cosa funcionó hasta que como era de esperar, la coordinación entre los unos (los submarinos) y el otro (el artillero) falló en algún momento; motivo por el cual, luzco una calva en la cabeza desde entonces, como consecuencia del impacto de una carga de profundidad que mi primo Ángel lanzó al espacio en el momento en que yo asomaba el periscopio.

El Rio de la Vida, es una película de homónimo nombre dirigida por Robert Redford, en la que se cuenta la influencia que dicho rio (Yellowstone) deja en la vida de sus protagonistas .La acción discurre por tierras del estado de Montana en Norte América, y acomete temas como la familia, el amor por la naturaleza y los giros del destino, en un relato sobre la memoria, la pérdida, y la búsqueda de respuestas a través de la conexión con la naturaleza.


Hace unos días el Azuer, nuestro rio, ha vuelto a correr sin prisa a su paso por nuestra localidad, y no he podido por menos que sonreír mientras me rascaba la cabeza justo en el punto, donde aquel lejano verano hace ya mucho tiempo, una “carga de profundidad” me dejaba escrita al igual que a los protagonistas de la película una página en el libro de la vida.
El tren de borrascas que ha recorrido la península en los pasados meses, ha dejado desastres en algunos lugares de España, pero también ha supuesto para nuestro siempre convaleciente Parque Nacional una inyección de vitalidad que el embalse de Puerto de Vallehermoso le roba constantemente. En cualquier caso, bienvenidas sean las lluvias que por unos días, hacen que el Guadiana, Las Tablas, y Ruidera reciban savia nueva que tanto necesitan; aunque me temo que no por mucho tiempo para desgracia de cercetas, azulones, malvasías y demás especies, que eligen nuestro humedal para medrar.
