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Paki García Velasco Sánchez
A mis amigos y a todos los que alguna vez se cruzaron en mi camino, aunque el tiempo nos haya llevado por rumbos distintos, me quedo con la certeza de que alguna vez fuimos instantes compartidos bajo el mismo cielo.
Hoy he estado hablando por teléfono con mi amiga Rosi y, como suele pasar cuando el corazón se suelta, empezamos a tirar del hilo del recuerdo, una conversación nos ha llevado a otra hasta detenernos, casi sin darnos cuenta, en aquellos años frágiles y luminosos de nuestra juventud y adolescencia. Nos vimos otra vez sentadas en los mismos lugares, riendo por tonterías que entonces lo eran todo, compartiendo secretos que pesaban como si el mundo dependiera de ellos.
Y como uno trajo lo otro, empezamos a pensar en todas aquellas personas que conocimos en esos años, preguntándonos qué habrá sido de ellas, en qué punto del mapa se habrán quedado sus pasos, hacia dónde las habrá empujado la vida, cuánto habrán cambiado sus sueños, sus voces, sus maneras de mirar… y sobre todo, si aún guardarán en algún rincón secreto de su memoria, algo de aquella inocencia que compartimos.

Todo esto nos ha hecho sonreír al recordar que a muchos ni siquiera los conocíamos por su verdadero nombre, vivían en nuestra memoria con los sobrenombres que les habíamos puesto, como si así fueran más nuestros, más parte de aquel universo pequeño y desordenado que compartíamos. Éramos expertos en bautizar el mundo a nuestra manera, como si poner un apodo fuera una forma secreta de querer.
Mientras hablábamos, sentí una vez más esa melancolía suave que no duele del todo, pero aprieta un poco el pecho. Es la certeza de que el tiempo nos cambió a todos, nos dispersó como hojas al viento: trabajo, mudanzas, estudios… y aun así dejó intacto algo invisible que nos une a quienes una vez fuimos. Quizá nunca sepamos en qué se convirtieron aquellos chicos y chicas de nombres inventados, pero siguen viviendo en nosotras, en cada recuerdo que vuelve sin previo aviso, como una luz tenue al final del día.
Y es que hay tardes que regresan sin avisar. Basta el olor de la lluvia sobre el asfalto o el eco lejano de un balón golpeando una persiana para que todo vuelva a mi mente: la calle de siempre, las rodillas llenas de polvo y arañazos, las voces llamándonos desde las ventanas al atardecer. Éramos invencibles entonces, o al menos eso creíamos. Nuestro mundo cabía entero entre nuestra calle, la plaza y el parterre, entre el portal de mis amigas y el poyete donde nos sentábamos a hablar hasta que las tenues farolas se encendían.
Esos amigos de siempre, los que sabían dónde vivías sin necesidad de ubicación compartida, los que conocían tus silencios mejor que nadie, con ellos aprendimos a reírnos de nosotros mismos, a jurar amistades eternas que a día de hoy y con suerte, sobreviven en un grupo de mensajes que vibra de vez en cuando. Éramos una pandilla desigual: la valiente que se atrevía a tocar el timbre y salir corriendo, la soñadora que quería ser cantante o bailarina, la bromista que nos hacía de reír y que siempre llegaba tarde, y algunas más como yo, que mirábamos todo con esa mezcla de timidez y hambre de vida que solo se tiene una vez.

Las tardes eran nuestras, jugábamos en la calle hasta que el cielo se volvía naranja, improvisando porterías con dos rayas de tiza pintadas en el suelo, igual que aquella rayuela (aquí llamada media), la cual hemos recorrido muchísimas veces tanto del derecho como del revés a la pata coja, incluso a veces inventando reglas que cambiaban según quién perdiera. Hay momentos que, si cerramos los ojos, todavía podemos escuchar el chirrido de las bicicletas, el golpe seco del balón contra la pared, el sonsoneteo de aquellas cancioncillas que acompañaban nuestros juegos varios, e incluso las risas contagiosas cuando alguna de nosotras tropezaba. No necesitábamos más que eso, tiempo, amigos y la certeza de que las tardes parecían infinitas.
Luego llegó la adolescencia como una tormenta dulce y desconcertante. De pronto, las miradas importaban. Los mismos bancos de siempre se convirtieron en escenario de confesiones susurradas, el tonteo con los chicos (o con las chicas) tenía algo de vértigo y de promesas. Nos pasábamos horas analizando una sonrisa, un gesto, una frase que quizá no significaba nada y que, sin embargo, muchas veces para nosotras lo era todo. Aprendimos a escribir nombres en la última página del cuaderno, a esperar un mensaje que no siempre llegaba, a sentir el corazón latiendo en la garganta.
El primer amor fue torpe y luminoso, no sabíamos bien qué hacer con tanta emoción junta. Caminábamos más despacio para que el trayecto durara un poco más, rozábamos las manos como si el mundo pudiera romperse con un movimiento brusco. Y cuando se acabó (porque casi siempre se acaba), creímos que aquel dolor tan grande sería eterno. Ahora lo recordamos con una ternura que entonces nos habría parecido imposible.
Aquellos días tampoco eran perfectos, también hubo enfados, celos, palabras que dolieron, pero tenían la pureza e ingenuidad de lo irrepetible. Éramos jóvenes y eso significaba que todo estaba por estrenarse. Cada decisión parecía gigantesca, cada verano un nuevo capítulo, cada amistad una certeza inquebrantable.

Y sin embargo, lo que más asombra al mirar atrás es la velocidad en que han pasado todos estos años, ¿en qué momento pasamos de correr sin reloj a mirar la hora constantemente? Parece que fue ayer cuando discutíamos por quién empezaba el juego de turno y hoy hablamos de hipotecas, de trabajos, de hijos. La infancia parecía eterna, la juventud infinita, pero el tiempo, silencioso y terco, avanzaba mientras nosotros estábamos ocupados viviendo. Y fue así, cuando quisimos darnos cuenta, que aquellas tardes ya eran recuerdos.
A veces me pregunto qué habrá sido de todos ellos, de aquellas personas con las que alguna vez mi vida se ha cruzado. ¿La soñadora cantará en algún escenario pequeño, o cambió los aplausos por la estabilidad de una oficina? ¿El bromista seguirá llegando tarde a todas partes, o la vida le enseñó puntualidad a fuerza de responsabilidades? ¿Y aquel amor adolescente y ya casi olvidado?, tal vez pasea hoy de la mano de otra persona por otra ciudad, sin saber que en algún rincón de mi memoria sigue teniendo diecisiete años.
Hoy, cuando la vida pesa un poco más y los calendarios se llenan de obligaciones, de vez en cuando vuelvo a esas tardes como quien abre una caja de fotografías antiguas, y no lo hago para quedarme a vivir en el pasado, sino para recordar quién soy, quien fui. En las risas de entonces está la raíz de lo que ahora sostengo, en aquellos juegos sin reloj aprendimos la lealtad, en los primeros amores la vulnerabilidad, en las despedidas, la certeza de que nada dura para siempre.
Por eso, los amigos de siempre tal vez ya no estén en la esquina de casa, pero habitan en un lugar más profundo, en el territorio cálido de la memoria. Y cuando pienso en ellos, en nosotros, siento una melancolía dulce pues siempre habrá una parte de nosotros jugando en aquella calle, esperando que alguien grite nuestro nombre antes de que se enciendan las farolas.

A veces pienso que la vida no se acelera de golpe, simplemente deja de avisar. Un verano fue el último en el que jugamos todos juntos y no lo supimos. Una conversación en aquel banco fue la última y no la despedimos como merecía. Todo pasó deprisa, casi sin ceremonia, y tal vez por eso duele un poco y enternece tanto, porque no sabíamos que estábamos viviendo las últimas horas que un día echaríamos de menos.
Hay algo muy especial en esos recuerdos que vuelven sin avisar… y más cuando se comparten con alguien que estuvo allí, porque hay recuerdos que no se escriben para publicarlos, sino para entenderlos, para abrazarlos mejor, para darles forma, para vestirlos de palabras otra vez.
Y así, mientras recordábamos, sentí esa mezcla dulce y dolorosa de la nostalgia, como si el tiempo, caprichoso y silencioso, nos hubiera robado la prisa, pero nos hubiera dejado intacta la memoria, latiendo suave, como un recuerdo lejano… ¡qué suerte tener amistades que te devuelven a quien fuiste y te hacen sonreír por ello!
