UN FUTURO SIN ABUELOS

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Desde un Mardetrankilidad

Cuando me planteé escribir este artículo, y como es común en mí, comencé a recabar infinidad de información y datos que tenían que ver con el descenso de la natalidad en España, en Europa, en Japón, Corea del sur y hasta en la hipermegapoblada China.

Si, también en China empiezan a sufrir las consecuencias de vivir en una sociedad capitalista con mil condicionamientos y necesidades creadas a la hora de criar a un hijo. Bueno, eso y lo de la política del “hijo único”. Que hará mella en el sistema durante algunas decenas de años.

Es más, en determinadas zonas de China llevan años implementando políticas para motivar a las parejas a procrear y generar a futuro mayor población activa.

Me di cuenta en un abrir y cerrar de “documentos”, que la enjundia de este artículo, trata un hecho que no sólo está teniendo lugar en nuestro país, ya que la mayoría de países del primer mundo están abocados al desequilibrio entre los nacimientos y los decesos producidos, con todo lo que ello conlleva.

En un primer momento me centré y esforcé con meticulosidad en conocer cuáles eran las causas que estaban llevando a la las mujeres en edad fértil de la sociedad industrial, global y capitalizada, a abandonar un hábito tan básico, esencial, y ancestral como es el de traer hijos al mundo.

Mientras que la decisión de no tener hijos era una excepción para los de mi generación, ahora se generaliza e instaura como una tendencia que sin duda tendrá costes importantes a medio y largo plazo en la estabilidad económica de cualquier país.

Lástima que nuestros gobernantes no fijen sus políticas en este objetivo en lugar de enzarzase en diatribas infructuosas que poco aportan ni en éste, ni en ningún sentido. ¡Donde va a parar!. Es mucho más divertida y enriquecedora la política la fanfarria y el “y tu más”. Sin duda da mucho más juego a la hora de crear fake news o memes virales.

¡Que esto hay que abordarlo por dios santo!. ¿Es que los sociólogos que asesoran a los gobiernos no están viéndolo?, ¿es quizás ya sea demasiado tarde e imposible revertir la tendencia?.

Después de leer mucho al respecto me asevero en el hecho de que el abordaje es complejo y multifactorial, y que implicaría cambios sociales, económicos y estructurales que me temo no todos los gobiernos, a día de hoy, están dispuestos a implementar.

Sin embargo y por circunstancias del devenir de la vida, ósea otras cuestiones nimias pero capitales para servidora, la estructura y contenido que inicialmente había previsto para este artículo fue tomando derroteros que ni yo misma esperaba, y que descubriréis si continuáis leyendo.

Tras encontrarme con tan abrumadoras cifras y un poco aturdida con la información, dejé reposar toda la información macroeconómica recabada durante semanas, hasta que un día por fin caí en la cuenta del verdadero motivo concreto por el que en realidad necesitaba escribir este artículo.

Acepté el hecho de que los 18 folios de información estadística sobre la baja natalidad en España, Europa, etc. eran datos útiles sólo para los expertos en la materia y los políticos comprometidos con la situación.

Supongo y espero con vehemencia, que el algún despacho de algún departamento, de alguna organización, ministerio o similar, haya personas capacitadas haciendo uso de estos datos, con el fin de ofrecer soluciones que contribuyan a mejorar el indicador de la natalidad y por ende el de la futura “población activa” como factor y criterio capital a la hora de medir el desarrollo económico de los estados. Como podéis apreciar, se trata de un problema capital, pero no esta no era mi guerra, ni por supuesto entra en mi radio de acción.

Y fue entonces cuando dejé de mirar hacia afuera para poner el foco en mi interior. Tiré de soliloquio, del famoso mindfulness y de introspección para tratar de comprender y aprehender por qué este tema me toca tanto la fibra.

¿Qué me pasa?, me dije. ¿Por qué precisamente ahora, que estás atravesando una etapa de equilibrio y confort emocional, gastas tantas energías buscando respuestas a algo que poco tiene que ver con tus necesidades pasadas, presentes o futuras? ¿Por qué te estás devanando los sesos en descifrar una ecuación cuyas variables escapan a tu alcance?.

Y una tarde cualquiera, mientras estaba sentada al lado de mi marido, llegó la tan ansiada epifanía. La respuesta se me reveló justo cuando éste, mi marido, se volvió entusiasmado para mostrarme un vídeo en el que un bebé, sentado en su trona, trataba de no quedarse sopa frente al pastel de su primer cumpleaños.

Os hago spoiler. Al final el lindo bebito se tronchó y posó su preciosa carita sobre la tarta para regocijo de todos los presentes y de su cruel padre, que buscaba el clip perfecto que subir a internet. Detrás de la cámara de aquel teléfono, embobados y deleitosos se encontraban sus padres, hermanos, primos, tíos y abuelos. Y ahí, justo ahí, fue cuando sentí una aguda punzada de dolor en el fondo de mi corazoncito.

Cuando hace 10 años alguien me preguntaba cómo era que aún mis hijas no se habían animado a hacerme abuela, ipso facto un molesto sarpullido hacía aparición justo detrás de mis orejas. ¡¡abuela yo!!. Estamos locos o qué…

La llamada al “abuelismo”, o ese sentimiento interior parecido al instinto materno, pero más relacionado con el hecho de ver crecer y mimar a los hijos de mis hijas, una década atrás aún no me había ni rozado.

“Aún no ha llegado el momento”. “No estoy preparada”. “Menos mal que “estas dos” (mis hijas), tienen otras prioridades en mente”. Ese era el diálogo interior y exterior que imperaba por aquél entonces en mi alambicada mente, y no me preguntéis porqué.

¿Qué es lo que ha ocurrido desde entonces hasta ahora para que me encuentre en un punto diametralmente opuesto y me invadan unas ganas colosales de achuchar un bebé de mis hijas… que no mío?. Pues ni lo sé, ni sé si merece la pena ahondar en ello.

Sólo diré, sin pestañear, y justo ahora que me embarga ese tierno instinto “abuelil” que tantas veces había negado, al igual que hizo el muy desleal San Pedro con Jesús, nada más y nada menos que tres veces, poco antes de su fatal desenlace, que estoy convencida que debe ser ni más ni menos el destino que me la devuelve y castiga

No sé, igual lo de querer ser abuela se tratase sencillamente de un virus que estaba latente desde hace tiempo pululando por entre las paredes de mi casa. ¿O quizás sería factible que hubiera sido mi marido el agente “contagiante” y que yo me hubiese percatado?

De hecho, el pobre lleva años llorando por los rincones y rogando al dios que gestiona el sistema de reparto de cigüeñas de “Amazón” que, aunque fuera por error, dejen un “paquetito” en la puerta de los domicilios de alguna de sus hijas.

Tan grave llegó a ser la cosa en su caso, que el complicado algoritmo de internet, que ya todos sabéis que en realidad es alguien que oye la voz interior de sus usuarios, decidió desde entonces atestar su teléfono móvil con cientos de vídeos de bebés rechonchetes, que él solía visionar con los ojos vidriosos y una bobalicona sonrisa.

Pero, coñas aparte, lo cierto y verdad es que ahora, ¡tachán tachán… Quiero ser abuela!.

Y lo digo sin pudor alguno, si si. Quiero hacer cosas que vi hacer a mi madre con mis hijas y a las qué entonces no otorgué valor.

Os juro que es como una pulsión interna, una necesidad instintiva que cubrir como ser humano, y que se traduce en cosas tan nimias como sacar de paseo a mis nietos, llevarlos al parque y que me manchen la ropa de babas y restos de chocolatinas.

Quiero malcriarlos y darles a escondidas bolsas de chuches. En nuestra infancia el monstruo más temido era el hombre del saco, mira tú por donde ahora es una jodida fórmula química. La de la glucosa.

Quiero y necesito besarles, achucharles, enseñarles a hacer travesuras, cantarles canciones gamberras, darles consejos y arroparles si están tristes y en apuros.

Quiero visitarles y que salgan a la puerta a abrazarme a mil por hora. Vamos como si hubiera llegado a la casa el mismísimo Santa Claus con su saco lleno de regalos.

Quiero ayudarles a sanar las heridas que la vida les hará inexorablemente. Enseñarles que el tiempo, que todo lo sana, hará que la fea costra de su daño, (físico o emocional) vaya poco a poco desprendiéndose, y que ¡ohh sorpresa!, debajo siempre habrá una piel nueva con la que seguir enfrentando avatares y vicisitudes de la vida.

Quiero dejarles mi legado vital. Hablarles de mi historia de vida que, por supuesto también será parte de la suya. De mi dolor ya sanado. De mi humilde sabiduría adquirida a base de aciertos, pero también errores cometidos durante este viaje al que llamamos vida, y así proveerlos de habilidades y estrategias que les permitan saber arrimarse a los que suman y hacen brillar, y en cambio alejarse de los que poco aportan.

Quiero hacerles galletas, aunque sean duras como piedras (nunca se me dio bien la repostería). No me importaría intentarlo entre juegos y risas, aunque a posteriori implicase pasar dos horas limpiando el chocolate que, sin saber cómo, acabó pegado en el techo.

Quiero que tengan en su abuela, en sus abuelos… figuras de apego seguro. Soy consciente de que los padres son irremplazables, por supuesto, pero me gustaría que mis nietos supieran que nuestra casa sería para ellos el refugio al que poder acudir cuando se sientan perdidos.

Quiero verlos jugar, pelearse, reírse, ilusionarse, soñar, equivocarse, caerse y levantarse, y abrazarlos cuando lo necesiten. Igual que se hace con tus propios hijos, pero supongo que, descargados de la responsabilidad paternal, lo que evidentemente le confiere un toque de disfrute extra.

Quiero premiarles cuando tengan buenas notas y reforzarles cuando lleguen los “cates”, porque la experiencia me ha enseñado que el fracaso es indispensable para superarse y trabajar en los logros.

Quiero darles una opinión” objetiva-subjetiva-confiable”. No sé si se entiende el concepto, pero estoy imaginando la típica escena en la que una compi envidiosa le dice a tu nieta preadolescente esa frase tan frecuente y “para nada malintencionada” … “ No quiero que te lo tomes a mal, pero esa falda no te sienta bien”, o algunas de similar propósito. Ya me entendéis.

Quiero darles amor, amor de abuela. De mujer vivida, en ocasiones lastimada, pero resiliente, trabajada y sabía.

Es como si el “Amor de abuela”, que pensé nunca sentiría o experimentaría, hubiese estado gestándose a escondidas y de manera casi imperceptible en mi interior, y que es justo cuando está preparado para aflorar y ofrecerse a la siguiente generación, en orden a la propia Ley de la naturaleza.

Y dicho todo esto, es una lástima, pero la decisión de ser abuela no me compete. Ni a mí ni a mi marido, que segura estoy que en él se multiplica por mil estos deseos que ahora siento de ser abuela. Me duele tanto, que ni siquiera hago el ejercicio de empatizar con su sentimiento y anhelo por ser abuelo.

Pero lo que igualmente es cierto, innegable e imposible de obviar, es que la realidad de nuestros hijos es bien distinta a la que a nosotros nos tocó vivir.

Un panorama que nos muestra que, en España, aproximadamente el 50% de las jóvenes en edad fértil, decidirá no tener hijos por múltiples causas y factores.

El escenario es otro, las expectativas vitales nada tienen que ver con las de nuestra generación, ni la situación laboral, la económica, o la del acceso a la vivienda… al final muchos de nuestros jóvenes van a tener que decidir entre, llevar una vida decente para ellos o criar a un hijo viviendo con estrecheces y renunciando a muchos de sus sueños.

Leí en uno de los artículos de la innumerable bibliografía consultada, que la familia tipo dentro de 30 años estaría compuesta por una persona mayor de 70 años, un hijo adulto, quizás con un único primo, y … una mascota. Por desgracia, creo que esa estampa ya está presente en muchos hogares españoles. En el futuro veremos muchas ciudades sin apenas niños, y por tanto sin apenas abuelos.

Soy de las que aboga por el tan usado eslogan de “oímos, pero no juzgamos”. De las que jamás se permite opinar acerca de lo que no le concierne. De las que procura no generar malestar en sus congéneres dejando caer pildoritas a modo de exigencias o demandas que sumen presión a la ya existente.

Y menos aún con mis propias hijas. Pero tampoco voy a negar que, en silencio, espero y sueño que algún día, cuando ambas completen su particular listado de “checks”; trabajo, casa, enseres, coche nuevo, viajes, y por tanto todas sus necesidades estén cubiertas, y si es que aún siguen en edad fértil… me den la feliz y anhelada noticia de que un niño recorrerá nuestra casa llenando el espacio de risas, berrinches, cacharros y churretes.

Bienvenido será. Si sucediese, yo con sumo gusto y mucho orgullo llevaré entonces a gala el tan ansiado título de ABUELA en un Mundo cada vez con menos abuelos y nietos.

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